Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (Soy la puta de la esquina vieja)

Desvelando su pasado, su linaje y su trayectoria la Puta de la esquina nos guia a través de los siglos, en un viaje por mares y montañas, por lenguas exóticas y acrobacias sexuales, hasta llegar a la Taberna, su tesoro mejor guardado.

Quise contar mi historia y es por ello que el loco que siempre cuenta lo que sucede en la taberna me ha dejado, por un momento, explicar lo mío. Nací con el nombre de María Evita y no recuerdo mi apellido. Mi linaje es un largo devenir de fulanas, meretrices, prostitutas, perras, zorras y putas, de hecho la primera de todas ellas creo que debía de ser una antepasada mía que fue en una nave fenicia desde Tiro a Cartago y desde la tierra de Dido a la Suburra, donde fue engendrando hijas de puta que también hacían de puta, siguiendo el linaje y el oficio familiares. Una profesión de mujeres para hombres y mujeres a partes iguales, pues primero los Dioses del Olimpo y luego la Santísima Trinidad nos regalaron el don de hacer felices a los demás –siempre que pagaran una suma X de pecunias.

Nací cuando aún le faltaban veinte años para que terminara el siglo pasado, aquél de los inventos, y pasé mi infancia en las calles de Rosario, acechada primero por niños y luego por sus padres, e incluso por sus madres, todos boludos necesitados de amor con A mayúscula. Debo reconocer que de pequeña era un ángel de ojos verdes como los bosques de los Andes altos y de cabello rojo como la sangre de cualquier ser vivo de la Tierra; se me desarrollaron pechos de mujer antes de los diez añitos y mi mamá, puta también, mamá de otros cuarenta nenes, todos desperdigados por orfanatos de la Argentina, supo al instante que era la escogida de entre los demás cuarenta hermanitos del don de la familia, el de regalar sentido a la vida. Desde aquél día, mi vida fue una sucesión de peripecias y seres humanos que me hicieron recalar, ahora casi con setenta años, en esta isla grande del Caribe. Puedo sentenciar con autoridad que te da la experiencia que sé hablar dieciséis idiomas: castellano, guaraní, mapuche, alemán, inglés, ruso, italiano, catalán, esperanto, francés, indio, cantonés, finés, portugués, afrikaans,  élfico. Y todos los he aprendido de clientes, algunos hombres, otras mujeres, otros tullidos, algún que otro duende y muchos seres necesitados de mí. He viajado hasta límites insospechados y he aprendido nuevos deportes, desde el fútbol a la fumada de pipa de opio, y nuevas artes, como el cubismo y la felación birmana.

He parido más de treinta veces, sin jamás llegar al récord de mi mamá, los cuarenta huérfanos. He perdido la cuenta de mis vástagos, todas mujeres menos un niño que ahora mismo es el presidente Arturo Frondizi, que aún hoy gobierna en la Argentina. Prácticamente todas las niñas han salido con cabello rojo y ojos verdes. Aun siendo puta supe hacer de mamá y les contaba la historia de su familia, que pasó del país en forma de bota a las Indias Occidentales en el Mil Setencientos, siguiendo al Virrey de Nueva España, y luego una de ellas bajó por el continente hasta recalar en el río de la Plata, para engendrar a mi madre en sus aguas, y luego irse a Rosario, donde yo fui. Les contaba también que, para seguir toda tradición familiar, me dediqué a viajar por acá y allá siempre que mis clientes me quisieran consigo, aprendiendo los dieciséis idiomas que hablo y pariendo los más de treinta vástagos que he contado anteriormente mas no recuerdo. Me di cuenta de quién era mi hija sucesora de la profesión vital cuando vi que a mi hija Decimocuarta se le desarrollaron senos a los ocho años. Supe que mi trabajo había terminado, y que ya no podría ser nunca más la Puta de la Esquina Vieja, como lo había sido durante más de cincuenta años. Vi a la Decimocuarta partir en busca de más personas sin rumbo en los caminos de amor –con A mayúscula– y yo me quedé con un acopio de pelotudos en el último pueblo en el que viví y sigo viviendo.

De hecho, esta taberna es de mi propiedad, pues soy la mujer más rica de toda esta isla tropical. ¡Ningún comandante revolucionario me sacará mis pesos! Me los gané con sudor y más sudor, viajando y trabajando. Esta taberna es de mi propiedad, aunque digan esos monigotes barbudos de Pepe del Hielo que es ahora propiedad del Estado Socialista que ha surgido de las cenizas de la dictadura burguesa anterior a la revolución. Esta taberna es mi jubilación, y soy feliz rodeada de un nuevo amigo negro y un grupo de borrachos tristes cuyos nombres no recuerdo bien (creo que uno de ellos se llama Morollano dos Santos Soles, pero todos le llaman Moro), además de Aureliano V. Noches, el señor que he dispuesto tras la barra de la taberna.

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