Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (Los ojos del comandante sádico)

MdT- Ojos 1

Leed, malditos!!!

La serpiente del Comandante sádico se desenrolló de su cuerpo y se deslizó por nuestras piernas, acariciándonos uno por uno. Su textura era como de madera barnizada mojada, su lengua creaba un extraño susurro. El Comandante sádico, apoyado en su Avtomat Kalashnikova por la cojera, me miraba atento, uno de sus ojos era rojo como la sangre, el otro más amarillo que los canarios, ¿o era verde? Y el otro ojo, ¿no era violeta? La violencia cromática de sus ojos parecía ser una metáfora visual de su alma podridamente agresiva. Su sonrisa era el infierno hecho dientes.

¿Cuándo se dieron cuenta de que no podían morir? –preguntó curioso. –¿Quién les dio tal regalo?

¡La muerte! –chilló asustado Fino–. ¡Misericordia, oh Dios, por favor!

Pero si no se mueren –siguió el Comandante sádico–. Y no soy Dios, ni voluntad tengo de serlo. Solo lucho en esta Revolución para con los hombres.

El Comandante sádico se acercó a mí, posó su cara ante la mía (¡qué miedo, Dios santo!) y pasó su lengua por la mejilla. Volvió a mirarme y llamó a la serpiente, la cual volvió a él en pocos segundos. El calor de la selva de la Sierra era una sauna y los demás Comandantes registraban las cabañas de latón en las que vivíamos. La serpiente subió por el cuerpo del Comandante sádico y puso su cabeza a la par de la de su amo.

Esta es la serpiente de Eva y Adán, la del manzano, la de las manzanas, es una serpiente especial porque solo yo puedo tenerla.

Una vez hubo terminado su frase, la serpiente se lanzó a mi boca, entró por la comisura de mis labios y se deslizó lentamente por la garganta. Era como si el vómito más grande quisiese entrar, no podía respirar, noté un tremendo dolor en la barrida, pues ella ya había llegado al estómago y estaba mordiéndolo, los ácidos empapándome las mucosas estomacales, mis alaridos de dolor pusieron de manifiesto que la muerte se nos estaba choteando, en una de las palmeras Moro pedía ayuda y Fino clemencia. Cerré los ojos, llorosos, de mi cuerpo solo podía supurar una especie de ladrido de horror, asco, pesar. El reptil rojo como la sangre siguió paseándose por mis entrañas, siguió comiéndome por dentro, sentí cómo comenzó a abrírseme la gorda barriga y por el ombligo volvió a parecer, entre intestinos, páncreas, sangre, mierda y ella.

¡Basta ya!

El Comandante guapo, barbudo, puro en boca, ojos enfadados, se nos acercó, empujó al sádico y lo tiró al suelo. –¡Basta ya! La Revolución no necesita de estas maldades extremas. Le ordeno que pare.

Las revoluciones necesitan que el diablo les dé parte de su magia para que incluso sus más puros anhelos se hagan realidad –se incorporó el Comandante sádico, insultado, ofendido–. Me pidieron ayuda y aquí estoy, porque sabían que solamente mi arte podría desentrañar el regalo mágico de esta gente.

Le ordeno que pare, soldado –insistió el guapo–, o me veré obligado a ordenar su fusilamiento. Recuerde que ahora es un hombre como nosotros, con todas sus consecuencias.

El Comandante sádico gruñó, volvió a mirarme, la serpiente salió disparada de mi cuerpo, se enroscó en su cuerpo y ambos se alejaron. El dolor siguió quemándome la piel y los órganos. El Comandante guapo se acercó a las palmeras de Fino, Moro y Manita y les rompió las cuerdas. –Ayuden a su compadre –, les conminó.

Mientras Fino, Moro y Manita me estiraron en la tierra polvorosa, uno de ellos me dio ron para que me durmiera y el otro chichó algunas bananas para crear una pastita que, convertida en mantequilla fresca, posó en mi abdomen. Quizá fuera por el ron añejo, tal vez por el banano chichado: el dolor se escabullía por la bruma de mis recuerdos. Oí a Moro hablar con el Comandante guapo. Musitaba algunas informaciones con respecto a nuestra información.

Sepa que tuvimos que morir y ella nos dio esta sorpresa, la inmortalidad. No sabemos cómo se cura porque no sabemos si tiene remedio alguno. Se nos cayó el ventilador un día mientras estábamos riñendo con un ruso que acababa de llegar a esta aldea, yo debería tener un aguacate en mi ojo izquierdo.

Sé quién es el ruso León Trasky. Tienen a un buen revolucionario en sus filas. Y sepan que este remedio de ron y banano no es científico, señores. Sepan no obstante que nuestro cometido por estos lares está terminando. Les creo.

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