Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (Fino Fines toca degüellos y bebe ron)

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Llegamos al ecuador de la tercera temporada de Momentos de Taberna con un cuento que ya se presenta por si solo. Un trompetista y sus fabulosas obsesiones. Amistades, recuerdos y cambios geopolíticos en esta nueva demostración del gran talento de Massimo. La leyenda continúa.

Fino Fines era un alopécico y maduro, sin barba ni cabello. Gafas redondas y vestimenta de campesino, llevaba siempre una trompeta con la que solía tocar degüellos mejicanos, lo único que sabía y solía tocar. Señora, le dijo a la muerte, dama graciosa, déjeme contarle mi vida mientras toco esta melodía de pesadumbre.

Supongo que debo de ser el único en haber nacido en esta ciénaga de la Sierra Maestra. La república era aún colonia y se libraba una cruel guerra entre los antiguos dominadores y los que serían eventualmente los nuevos. Don Quijote luchó contra el Tío Sam y el resultado fue el Desastre del primero y la Gloria de los jinetes rudos del segundo, y en medio quedó una tierra sumida en el deterioro e hija de una oligarquía que se iría perpetuando en el poder de la Habana y extrayendo nuestras almas. En medio de esta guerra entre un dominador moribundo y otro naciente aparecí yo, hijo de un aventurero de San Luis Potosí que a su vez nació en el Cerro Rico del Virreinato de la Plata. Soy hijo de un siervo y de una dama de buen linaje azucarero y cafetero. Mi padre era un locuaz hombre de peripecias aciagas que enamoró a mi madre cuando mi abuelo materno, dueño de estas tierras otrora rebosantes de azúcar, café y plátanos, lo contrató para que le vistiese, pues mi abuelo perdió la movilidad de su cuerpo después de un duelo con el dueño de la plantación vecina. Mi padre enamoró a mi madre y le engendró un hijo, yo mismo, y fui confinado con la matrona de la casa, la mayordoma que hacía de tercera mujer a mi abuelo y quien en verdad era la dueña de todo. Mi matrona me mantuvo y me crio, nunca me ocultó la realidad de mi vida, aunque consiguió que tanto mi padre como mi madre se olvidasen de mí. Mi padre tuvo que partir para la guerra y mi abuelo financió sus andares y batallones. Un día vino el prócer José Martí a saludar a este su financiero y se horrorizó ante las características de la hacienda: muchas cañas de azúcar de las que surgía ron, muchas plantas de café que hacían de la finca un lugar sin sueño ni dormida, muchos plataneros repletos de loros que pavimentaban los caminos con sus excrementos de salitre. El prócer informó con asco a mi abuelo que la colonia era por fin república, pero no contento con eso decidió liberar a los siervos e irse, dejando la finca sin trabajo, su dueño verdadero. Solo pocos siervos se quedaron, pero ya no cultivaron las cañas y los cafetales por beneficio nuestro, sino suyo, y mi abuelo murió de rabia y rencor, pudriéndose en un hedor espantoso que lo convirtió en una suma de polvo. La matrona decidió alquilar algunas de las tierras y mi madre se fue a la finca vecina, convirtiéndose en señora de la misma, pues ella nació para ser señora de hacienda, muriendo de parto junto a su nonato a los nueve meses. Lo que un día fue una hacienda próspera y feudal rebosante de sol cuasi esclavista se había convertido en un solar de libertad y amparo de miserables, hijos de los siervos que en pocos minutos se convirtieron en amos de su destino. La guía del nuevo capital, más libre y mundano, hizo de esta finca una aldea de cabañas de latón y piedras de la casa grande sueltas por sus paredes. La hacienda de mi abuelo tuvo un nombre que no recuerdo porque he decidido olvidar, y es esta la razón por la cual vivimos en la única aldea del continente sin nombre conocido. Unos pocos de nosotros nos hemos convertido en lo que este mangarrián llama el Rebaño de los Hombres Tristes. No somos rebaño porque no somos ovejas ni cabras, no tenemos pastor ni guía porque somos libres. La amistad no entiende de tiempo, el amor de la amistad es eterno, como si jamás hubiese empezado, está ahí, no hace falta buscarle respuestas porque no debe ser preguntado, es una decisión libre de uno querer padecer esta victoria del ser humano. La amistad surge y debe quedarse para siempre en el corazón de las personas, no debemos caer en la tentación de contaminarla con la envidia o los deslices de las pasiones más oscuras, cuyos parámetros podemos sentir y disfrutar porque nos alivian de nuestra alma pero no nos salvan de nuestro hado. La amistad nos sirve de catarsis. Podemos tener celos de un amigo, podemos envidiarlo e incluso odiarlo mientras seguimos amándolo, podemos siempre perdonarlo porque nos ha hecho algo que nosotros hemos podido hacerle alguna vez, podemos no olvidar qué pecados nos ha infringido y qué traiciones ha perpetrado, pero seguirá siendo el amigo, una palabra tan poderosa como amor y deseo y felicidad y prosperidad y sensatez.

Es un sentimiento raro, difícil de encontrar, solo los que conocen de verdad su corazón sabrán si lo poseen, porque su pérdida puede ser fatal, sabes que eres buen amigo cuando te va bien en la vida y sabes quiénes son los amigos verdaderos cuando la vida te pega. Estas singladuras fueron decididamente descubiertas por mi padre en la guerra. Me las contó cuando volvió, tenía una venda roja que le tapaba un ojo y una trompeta que guardaba como diamante en su fardo. Me dijo que un amigo que había hecho en las batallas se la había regalado, que era una trompeta de magia, un símbolo de amistad que no se gastaba a pesar de sus más de trescientos años de vida, y que ella solo podía ser besada por aquellos que entienden el verdadero fin de la amistad. Me la dio y jamás la he abandonado. Mi padre murió solo y alegre, sonriendo ante una lluvia de mierda de loro, bananos, café y azúcar convertido en ron añejo.

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