Massimo’s Koalas: “La ciudad de los convictos (The Rocks)”

Una vez llegué a Sydney pude conocer una ciudad rebosante de energía, la metrópoli australiana más importante. Sin el orden y la organización de Melbourne, Sydney posee un carisma especial, quizá nieto de la campechanería que asola el país. Sydney, bautizado así en 1790 en honor al ministro del Interior británico Thomas Townsend, o Lord Sydney, es la primera colonia de lo que más tarde sería Nueva Gales del Sur. Fue, además, el primer destino de los convictos.

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Después de que la Primera Flota comandada por el almirante James Cook (1728-1779) arribara a las costas sudorientales de Nueva Gales del Sur en 1770, el gobierno del rey Jorge III decidió que podía hacerse con una colonia de ultramar más, pues las trece colonias norteamericanas peligraban, y peligraron. Las tierras desconocidas de lo que hoy es la isla continente australiana eran, en la segunda mitad del siglo XVIII, Terra Nullius, tierra de nadie. Holandeses y franceses habían explorado sus costas pero nadie se había dado cuenta que ese trozo de planeta era un continente diferente de Asia. Cook, avispado, enseguida declaró que toda la costa sudoriental de aquella tierra era propiedad de Su Graciosa Majestad Británica. Unos veinte años después, hacia 1790, el gobierno de Jorge III decretaba que la nueva colonia de ultramar serviría de colonia penal. La sobrepoblación de reclusos, fruto de leyes obsoletas y de una crisis económica que asoló Gran Bretaña después de haber perdido la Guerra de Independencia Americana, tuvo una nueva cárcel. Más espaciosa, más ancha, más grande. De la lluviosa y fría Inglaterra a la calurosa Sydney. TheRocks, el primer bastión penitenciario, en plena bahía, era un barrio hecho de cuarteles para los soldados y de pequeñas unidades carcelarias para los convictos. Sydney nació como una ciudad prisión. We are allcriminals, les gusta decir de vez en cuando a los australianos.

Los primeros años fueron catastróficos: sin apenas conocimientos de agricultura y ganadería, la gran cárcel casi murió de inanición por la falta de recursos, que tardaban largos meses en llegar desde la madrepatria o desde otras colonias británicas de ultramar. Sin mucho oro o plata o cobre, pobres como ratas, la colonia comenzó a utilizar el ron como moneda. Sydney era una colonia al borde del fracaso, hasta que el gobierno de Jorge III envió al bonachón Arthur Philips (1738-1814; mandando desde 1788 a 1795) de gobernador, aunque esto es otra historia que leeréis más adelante.

Si queréis saber un poquito más acerca de Australia, leed El Bé Comú Australià, publicado en la web de análisis político Finestra d’Oportunitat.

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