Massimo’s Koalas: “Gudaris y pista”

KoalaNuestro querido Massimo está en Australia. Sí, así es, en el culo del mundo. Su sección se ha transformado para la ocasión rindiendo homenaje a los simbólicos y simpáticos marsupiales autóctonos. Este formidable y musculoso escritor-pensador por lo visto, es también un gran aventurero. Si queréis saber que se le ha perdido en Oceanía no dudéis en leer su primer y magnifico post desde el más allá! Autosuperación, aventuras, animales exóticos, escenas emotivas y como siempre su ácido toque de humor.
Desde aquí, oficialmente, te deseamos todo lo mejor amado Massimo!

Ser backpacker en Australia no es facil. Te lo pintan bien, muy bien, ya que la “industria backpacker” está muy bien organizada, puedes ver las maravillas de las antípodas, surfear, ver animales extraños y conocer a mucha, muchísima gente. Esto último es lo que me chifla de verdad, conocer personas y, ¿por qué no?, personajes que parecen ya hechos para uno de mis relatos. Este número inconfesable de gente es lo que de veras hace de tu aventura backpacker (mochilero) una Gran Peripecia digna de ser vivida. Porque más allá de la buena organización de esta industria turístico-migratoria, subyace una realidad repleta de working hostels (albergues que te encuentran trabajo, sobre todo en fábricas, granjas -muchas granjas- y hospitality, esto es, restauración) hediondos, cuyos propietarios te astillan y donde granjeros de toda índole te maltratan porque, como les gusta repetir a los backpackers, they don’t give a shit, siempre habrá un backpacker listo para reemplazar a otro. Siempre los hay. Australia es un país-continen-isla mayor que Europa con 22 millones de habitantes más o menos y que necesita desesperadamente de trabajadores cualificados en todas sus industrias. Por ello, cuida de sus leyes migratorias como si fueran diamantes, solo utilizando como trabajadores inmigrados a los mochileros, en su inmensa mayoría jóvenes europeos y asiáticos.
Y he aquí donde me encuentro yo, en una ciudad llamada Bundaberg, en el estado de Queensland. Después de llegar a Melbourne y gozarla, estar en Sydney un poquitín y recorrer la costa de New South Wales hasta Brisbane, me detuve un mes en Childers, donde trabajé recogiendo limones y mandarinas, ahorrando nada pues todo lo ganado se iba directamente a las arcas del albergue. No me quejé nunca y tuve mi recompensa -a los australianos no les gusta la queja, son muy tiraos pa’lante, no se andan por las ramas-, así que terminé en una granja de piñas, y en otra de patatas dulces.
Los australianos, sobre todo aquellos de campo y tierra, aquellos que viven lejos de los pocos centros urbanos del país, viven en medio de gigantescas distancias, rodeados de animalillos salvajes no peligrosos -canguros, pósoms, cucabaras, etc- y convertidos en una especie de rednecks australes, sin llegar al paroxismo violento del redneck estadounidense. ¿Cuántas veces he recordado aquel episodio de Los Simpson en que Bart le hace una broma estúpida a un niño australiano y todo el país se enfada con la familia amarilla de Springfield? No es coña, ese episodio la clava. Australia es un país muy artificial y se nota. Me han timado, algunas veces las he pasado canutas, he vivido ya algunas aventuras que no deseo volver a vivir, y he conocido mucha, mucha gente que me ha enseñado cosas interesantes.
Una de ellas es un chaval vasco que llamaré gudari. El gudari es, por lo que he entendido, una especie de guerrero. El chico, ante toda adversidad, repite cual mantra “pues nada, gudaris y pista”. Resignación más paciencia más aguante más fuerza. Lo que en inglés sería el verbo endure. El gudari me ha enseñado a no quejarme (“aunque a veces hace falta ser un poco gris”, añade, soltando una retaíla de quejas que matarían al cursi más felizoide del universo). Lo que no te mata te hace más fuerte, suelto para mis adentros. Todo lo que empieza, acaba. Porque si no existe ya servicio militar obligatorio, yo me he metido hace unas semanas en una especie de mili granjera de las antípodas. Me despierto a las 4 de la mañana, en un working hostel horrendo, sacado de un cuento de Vázquez Montalbán, cuya cocina está siempre conquistada por chinos (en realidad taiwaneses, japoneses, surcoreanos y hongkoneses) y con un lavabo tan miserable en el que tienes que hacer cola hasta para cagar. Me preguntaréis ¿y qué c*j*n*s haces ahí? Y yo qué sé. Me gusta. A las 6 empiezo a trabajar en una u otra granja. Unas 11 horas al día, a veces lloviendo a cántaros, otras bajo un sol inclemente que freiría un huevo en mi espalda, otras con un clima más templadito. Cual cincel, este viaje me curte (creo…). Y todos los días, al terminar de trabajar duro, siento que la Tierra se desmorona bajo mis pies. Gudaris y pista. El cansancio me destruye. Pero al dia siguiente estoy bien, otra vez a las 4 y a las 6 y 11 horas, y gudaris y pista. Aguantar y a seguir. Un día, sin embargo, estuvimos plantando patatas hasta la extenuación, nuestras piernas temblaban, las ojeras parecían asustar hasta a las chinches, se nos había prometido un day off para el siguiente. Apareció la jefa (una mujer con bigote, tal vez por su ascendencia portuguesa) y soltó “Tomorrow we work, guys“. Mi cara se desencajó, asustado, desesperado, mi amigo francés murmuró algo que debió de ser una especie de “Oh, Dios mío…” casi inaudible. El vasco estaba sentado en una silla, tenía las piernas cruzadas como un catedrático, su cuerpo descansando sobre ellas, los brazos cruzados y caídos sobre las mismas, un ojo más cerrado que el otro, su pelo tan desaliñado como el nuestro. Y ante mi estupor, repitió Gudaris y pista.
La portuguesa (o gallega) enseguida dijo, sonriendo, “I was joking! Look at your faces!” Le hubiese arrancado el mostachón de cuajo, pero estaba tan cansado que solo pude respirar aliviado.
Australia tiene una fuerza extraña. Te lo pasas bien y amas el país. Sufres y lo sigues queriendo. Gudaris y pista. No worries, mate.

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