Massimo’s Files: “El trovador y la chica de pelo de fuego”

Hoy tenemos el honor de presentar una autentica maravilla. Un cuento inédito del gran Massimo que entre criticas de cine, clases de historia y fantásticas sagas literarias también tiene tiempo de regalarnos estas píldoras preciosas. Un derroche de fantasía, romanticismo, imaginario colorido y alegorías bellísimas.
Es un seguro de vida y aquí lo vuelve a demostrar. Gracias amigo!

Dos marineros miraban embelesados la belleza del ocaso, mientras su barco ya repleto de peces arrancados del mar se mecía por entre las olas, áspero y reluciente, con luces y sombras del sol durmiente sobre sus aguas, recreando una película de oro imposible de despreciar. Las velas del barco bailaban al son del canto de una habanera que aparecía desde el pueblo costero más cercano, una canción de borrachos nostálgicos de sus aventuras en el Caribe catalán. El barco, tranquilo, se acercaba a la orilla, y el rumor de las sirenas se cortaba como un chasquido al otear las rocas y los peñascos de la costa.

“¿Sabes por qué la mar está salada y los ríos no?” preguntó de repente el marinero viejo al joven, quien contestó con una mirada de no saber. “Lo sabía. Sabía que no la conocías, la historia del trovador y la chica de pelo de fuego. Dicen muchos que la mar está salada porque está repleta de minerales que la salan, pero en realidad no es así…

“Hace muchos lustros, cuando el hombre aún sentía como casas las cuevas y tenía pocos conocimientos de ciencia y demasiados de magia, cuando la vida humana se parecía a la de los animales más listos, aunque con un punto más de raciocinio, hubo una época en que los sátiros salían de entre los bosques, sobre sus patas de cabra, para obrar su magia y jugar con la sorpresa. Sátiros y hombres no podían coincidir, pues los primeros estaban seguros de que los segundos eran seres inferiores, y no les faltaba razón. Solamente esperaban, en lo más hondo de su ser, que los segundos les substituyeran en el mundo de las magias blancas y oscuras.

En eso que un día, como quien no quiere la cosa, en uno de esos días en los que pensamos que no ocurrirá nada, pero que finalmente pasa algo repentino único e indescriptible, bajó de entre las montañas hacia las costas rocosas con pinos y calor amable un trovador moreno y bajo, cuya normalidad física era palpable, nada del otro mundo. Consigo solo portaba un laúd, y vestía con una túnica roída por sus viajes. No era ni muy viejo, ni muy joven, estaba en la flor de su propia vida y pretendía seguir viajando hasta morir en el intento. Era un trovador simpático, de ojos negros como la noche, tez de arbequina y cabello revuelto y marronáceo como sus manos callosas. Iba descalzo, pues las plantas de sus pies se endurecieron hasta convertirse en suelas. El núcleo de mi historia, amigo, comienza en la parada que hizo este trovador en una cala escondida donde dos sátiros guardaban con celo su creación más preciada: una chica. El trovador, ser humano, los vio desde lo alto del peñasco, brincando alrededor de ella, que se mecía desnuda con cabellera al viento, sobre una roca mojada, como levitando, una belleza sin parangón: ojos medio verdes medio azules, como las aguas del mar aún dulce, tez blanca, pura, pechos al viento, tersos, unas piernas esculpidas en mármol, labios rosados, y cabello al viento, mezclándose con los rayos de sol, pelos de fuego tan rojo como si el sol hubiese prestado parte de su calor a aquella chica, con pecas que en realidad eran pequeños haces de luz solar. El trovador, como es natural, quedó enamorado de la chica, y su suerte vino de la mirada: mientras los sátiros, tontos, seguían danzando alrededor de su creación más preciada, la chica de pelo de fuego pilló la vista, los ojos azabache, del trovador, para enseguida descolgarlos.

Por las noches, cuando los sátiros dormían, el trovador y la chica de pelo de fuego se veían a escondidas. Solo para conversar, para conocerse. Él le cantaba sus viajes, utilizando el laúd, y ella su nacimiento: fueron esos dos sátiros, traviesos seres que se escaparon de los Campos Elíseos, quienes la crearon. De la roca calcárea esculpieron su cuerpo, del mar sacaron el brillo de sus ojos, del rocío de la primera mañana engendraron sus labios, y de los rayos de sol parieron su pelo de fuego, dejando que algunas pecas coloreasen de luz la pureza de su piel. El trovador, en cambio, contó su historia, mucho más normal que la de la chica de pelo de fuego, una vida de padre y madre amorosos, amigos de las artes, con hermanas y hermanos, con muchos colegas de correrías y mucho que contar, con demasiados territorios dejados a sus espaldas mientras viajaba. Por las mañanas, él se escondía por entre las ramas de los pinos marítimos, y silbaba cual pajarito, esperando que la chica de pelo de fuego le saludara con la mano en los pocos momentos en que los sátiros se distraían. Y así pasaron los días, en esa especie de amor platónico, espiritual, hasta que lo espiritual no podía aguantarse sin su parte carnal. Hasta que una noche, la chica de pelo de fuego y el trovador se quedaron dormidos uno junto a la otra. Cuando se levantaron, ya era demasiado tarde. Desde lo alto del peñasco, vieron como el sol ya había salido, como los sátiros correteaban por toda la cala chillando el nombre de la chica de pelo de fuego, buscándola enfadados, amenazándola, pidiendo a gritos que volviese con ellos. Ella, muerta de miedo, se quedó con el trovador, y él la calmó con una de sus canciones. Y así pasaron su último día, sabiendo que todo terminaría enseguida. El sol, al término de su viaje diario, empezó a dormirse otra vez, a ponerse bajo el mar, como hace ahora mismo mientras volvemos a la costa tú y yo con nuestros pescados.

Cogidos de la mano, la chica de pelo de fuego y el trovador descendieron las rocas y se presentaron ante los sátiros, enfadados, enrabietados por el robo. El trovador y la chica de pelo de fuego iban de la mano: esa fue la mayor ofensa de todas. Los sátiros los rodearon y abrieron sus brazos, creando alrededor de los enamorados una bola de luz que se hacía más y más luminosa cuanto más juntos estaban el trovador y la chica de pelo de fuego, y cuanto más odio e ira sentían los sátiros hacia esa imagen. Los seres medio cabra medio hombre no pudieron frenar el instinto del trovador y de la chica de pelo de fuego, quienes en medio de los rayos y los truenos que los envolvían, juntaron sus labios, convirtiéndose en un solo ser, y desapareciendo en una implosión que se comió a los dos sátiros enrabietados.

Cuando el sol volvió a salir después de una de las noches más negras que jamás se hayan visto, cuatro estatuas de sal ocupaban la calita. Dos de ellas estaban entrelazadas, como si se besaran, tranquilas, mientras que las otras dos parecían asustadas, con muecas de dolor y los brazos levantados en una especie de danza del miedo. Los primeros vientecitos de la mañana recién nacida no tardaron en aparecer, destruyendo lentamente las cuatro estatuas de sal y esparciendo el nuevo mineral por las aguas del mar. Así nació la mar salada”.

El son de la habanera se fue acercando más y más. El marinero joven ayudó al marinero viejo a amarrar bien el barco, a guardar los peces pescados en cajas de madera de roble, a ordenar el barco antes de abandonarlo al sueño. Ambos caminaron hacia el pueblecito costero, de paredes blancas, puertas y ventanas azules y techos rojizos. Antes de entrar en la taberna del pueblo costero, con la luna ocupando el puesto de su esposo en las penumbras de la noche, el marinero joven volvió a mirar el mar, y pudo avistar en el horizonte como un halo de viento de sal se alzaba, cual torbellino, como dos figuras bailarinas junto a un laúd de sal.

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