Massimo’s Files: “Les Misérables” o cómo devolver el romanticismo al siglo XXI.

Les MiserablesConfieso que soy bastante fan de los musicales, sobre todo aquellos de teatro. No confío mucho en los versionados para cine (con la excepción de Evita, con Madonna, Banderas, Pryce, de Alan Parkers i Tim Rice, de 1996). Mis preferidos son la ya mencionada Evita y sus descamisados, y We will rock you, que puede gustarse en el West End londinense, Meca de musicales que te dejan patidifuso. En 1985 se presentó, en el mismo West End, la versión teatral musical de la epopeya romántica francesa Los Miserables, opus magna de Victor Hugo (Besanzon 1802 – París 1885), quien la publicó en 1862 y que cuenta la redención del preso Jean Valjean, quien convertido en el rico Monsieur Madeleine quiere darle una vida mejor a la hija de una ex trabajadora suya, enfrentándose al recto y rocosamente eficaz policía Javert y a la Francia tumultuosa que surgió de las cenizas de la Revolución Francesa (1789–1799) y la era napoleónica (1799-1814).

En 1985 el compositor Claude-Michel Schönberg y los dramaturgos y guionistas Alain Boublil y Jean-Marc Natel escribieron la versión musical junto a Herbert Kretzmer, inaugurando el musical en el Barbican Centre. Se mantendría hasta nuestros días, exportándose a todo el mundo, traduciéndose a muchas lenguas y convirtiéndose en película en 2012. La versión cinematográfica de Les Misérables es una obra maestra del cine musical. Prácticamente no hay diálogos: cantan. Su director, Tom Hooper (hiperrealista y premiado realizador británico), obligó a los actores a cantar en plena interpretación, consiguiendo unas actuaciones sin parangón del lobezno Hugh Jackman, quien se presenta al gran público como un tenor maduro y serio; a una oscarizable Anne Hathaway, quien consigue ser la personificación perfecta del símbolo de la degradación cruel obligada por la miseria social, la débil Fantine; al duro Russell Crowe como el policía Javert, personificación de las leyes del Estado y que más allá de ellas no existe nada más; a una Amanda Seyfried bella como la porcelana (Cosette), ya aparecida en el musical Mamma Mia! (de 2008 y Phylippa Lloyd, con la única actriz completa y total que existe en estos momentos: Meryl Streep); y con el joven pilar de la tierra Eddie Redwyne (burgués revolucionario y gauche Marius), sin jamás olvidar a los andamios siempre agradecidos Samantha Barks (Éponine), Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter (Monsieur y Madame Thénardier).

La caracterización histórica es espléndida: se han cuidado todos los detalles, desde las dentaduras carcomidas a la suciedad imperante, la miseria que da nombre al título romántico de dicha obra. Y es que Victor Hugo es uno de los mayores factótums del romanticismo, movimiento artístico que apareció como contraposición a la razón de la Ilustración del siglo XVIII, más optimista y positivo. Les Misérables es una obra que, tanto en la novela original como en sus versiones posteriores, da mucha importancia al papel de la religión como vertebrador de las almas social e individual, y a la simbología de los personajes. Anteriormente hemos apuntado que Jean Valjean es la redención, Javert el rigor inmisericorde del Estado y Fantine la debilidad que cae irremediablemente ante la cruda realidad social; más: Cosette es la belleza a proteger, Marius el fervor juvenil para el cambio hacia un mundo mejor, Éponine la lealtad del amor no correspondido, Gavroche el niño callejero –heroico por su condición de niño callejero, por ser humano pequeño, indefenso y astuto, risueño y simpático–, los Thénardier la corrupción material y moral de las clases bajas, personajes del lumpenproletariado si los miramos con óculos marxistas. Todos estos personajes son, en la Depresión económica y sociopolítica que vivimos desde 2007 y que aún parece no tener fin, muy visibles y actuales en la Europa del joven Siglo XXI. Tom Hooper, listo, sabe que el Siglo XXI tiene demasiadas similitudes con aquél revolucionario y cambiante Siglo XIX. El palito (la I) se ha desplazado de una X (equis).

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