Tales of the Herring Wonder #5 -Striptease por amor- (4 de 5)

En este quinto tale nuestro querido Herring Wonder está que se sale. En el episodio que vais a leer a continuación (el penúltimo de este Striptease) entrareis en el lado mas noir del amado autor. El crimen que Ray tenia pensado cometer cobra en este capitulo el protagonismo mas absoluto. Tensión, pasión, emoción y una impresionante manera de dominar la escena narrativa y el ritmo del cuento.
Herring Wonder es muy bueno.

Después de tomar esa decisión, la idea de asesinar a mi mujer empezó a obsesionarme. Prácticamente se había convertido en lo único que pensaba a lo largo del día. Está claro que no soy un sicario y que nunca había hecho esto antes. Leer muchas novelas negras no te da ningún máster en saber matar a alguien. Tenía que hacerlo de una manera sencilla porque lo último que quería era tener la policía encima mío. Iba a cometer este asesinato porque quería ser libre, lo último que me faltaba era que mi mujer se vengase de mí desde la tumba, haciéndome pasar el resto de mi vida encerrado en una celda. No quería cómplices así que estaba solo en esto. Nadie a quien pedir consejo, nadie con quien desahogarme, solo. Soy un hombre listo así que tenía que pensar algo razonablemente factible y confiar en mi suerte. La mejor solución que me vino a la cabeza fue la del crimen pasional. La fresca de mi esposa estaba enrollada con infinidad de tipos así que solo tenía que buscar un cabeza de turco y colgarle el muerto a él. Dejar todo predispuesto para que pareciese que él no podía soportar la idea de ser solo y únicamente un simple amante. Quería más y cuando vio que no lo iba a conseguir, bang, muerta. Ya sé que no es el crimen más original del mundo pero podía trabajar con algo así como base. Torpemente empecé a seguir a mi mujer a todas partes. Había visto muchas películas así que tenía una vaga idea de como se hacía una vigilancia de ese tipo. Lo único que hizo que no perdiese la cordura durante ese período de digamos “preparación del crimen” fueron mis rápidas visitas al Jumbo’s. Aunque solo fuese una vez cada dos o tres días me pasaba por ahí para ver a mi querida Marie. Lo nuestro ya era algo casi formal y poco a poco pasé a ser su único cliente, básicamente porque si alguien se pasaba un pelo con ella acababa misteriosamente apaleado a la salida del local. Nos queríamos de una manera extra pero nos queríamos y eso era lo importante.

Varios días después de empezar mi vigilancia, di con lo que quería. Resulta que uno de los amantes de mi mujer era mi mejor amigo Sam, al que le contaba todas mis penas. Era perfecto. En mi cabeza podía imaginármelo perfectamente, el cadáver de ella, la sangre en las manos de mi querido compañero y yo con Marie de la mano disfrutando de un sexo salvaje e inimaginable en la otra punta del mundo. Lejos de cualquier problema.
Gracias a Dios había hecho mínimamente bien mi trabajo, así que ni ella ni él sospechaban de mí. Según ellos seguía siendo el mismo fracasado de siempre, ingenuo a lo que estaba pasando. Así que no me fue difícil reunirlos en una misma habitación.
La mañana siguiente hablé con mi mujer y le propuse una cena en casa con Sam. Obviamente accedió sin ningún problema y él hizo exactamente lo mismo. ¿A caso había algo más divertido que reunirnos los tres para que los dos se riesen de mi a “hurtadillas”? Supongo que eso es lo que pensaban, pobres ilusos desgraciados. Había elegido mi casa como escenario del crimen porque era un lugar que conocía a la perfección, podía esconder el arma en cualquier sitio y encima la casa estaba plagada de mis huellas y ADN así que no tenía que preocuparme por limpiar después del estropicio que tenía programado. Puntual como siempre, Sam, se presentó en casa preparado para la cena. Muy galantemente llevó una buena botella de vino blanco. Una vez dentro de casa les pedí a Sam y a mi mujer que se relajasen en el salón, que ya lo tenía todo controlado. Les serví una copa de ese magnífico vino y les dejé en la sala. Mientras me dirigía a la habitación podía oír como susurraban y se reían a escondidas de mí. La sangre me hervía pero el pensar que estaba haciendo lo correcto me dio una especia de sentimiento de paz. Entré en mi cuarto y cogí el revolver que tenía escondido entre mi ropa. Me senté en la cama y respiré hondo.

-¿Cariño, que no vienes?- Dijo mi mujer con tono de mofa.
-¡Ahora mismo vengo!- Contesté -Un segundo.-

Me levanté y con paso decidido me dirigí hacia el salón, revolver en mano.

-¿PERO QUÉ COÑO HACES?-. Gritó mi mujer.
-Escucha Ray, me imagino que te habrás enterado de lo nuestro pero te aseguro que no tiene ninguna importancia-.
Me quede en silencio apuntándolos sin emitir ruido alguno.

-Maldito hijo de puta, ¿quieres bajar ese revolver? Eres un maricón de mierda, no sé qué coño te has creído pero cuando este show ridículo termine vas a ver lo qu…

Bang, bang, bang, Una mujer menos en el mundo.

-Ray joder, ¡¿qué coño has hecho?! Por favor, no dejes que esta furcia se entrometa entre nosotros. Somos amigos y los amigos se perdonan ¿verdad?-
-No Sam, Dios perdona. Yo no.-

Le puse el revolver en la nuca y apreté el gatillo. La cara se me llenó de sangre y trocitos de cerebro de mi mejor amigo.
A pesar de vivir en una buena zona, seguíamos estando en Los Angeles así que unos cuantos disparos no llamarían la atención. Ese no era el problema. Me había dejado llevar por el momento y en vez de un cadáver, tenía dos. Joder, lo que quería era matarla a ella y cargarle el muerto a él. Dejarle inconsciente y llenar la casa de pruebas que lo incriminasen. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Estaba con la mierda hasta al cuello así que recurrí a la única persona en la que podía confiar. Salí corriendo de la casa y me subí al coche. Me limpié, dejé a los dos fiambres atrás y me dirigí al Jumbo’s. Mientras conducía me di cuenta. Una sonrisa siniestra se marcó en mi cara. Lo había hecho, había matado a mi mujer.

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