Tales of the Herring Wonder #5 -Striptease por amor- (3 de 5)

Ya estamos dentro, ya no hay salida. Herring Wonder nos ha vuelto a atrapar en su sensual y peligroso mundo. Y, ya puestos, vamos a ir hasta el final, no es asì biciclista??
Adelante pues, coge un cigarrillo y a por ellos.

Mientras me encendía el enésimo cigarrillo de la noche, vi como Marie se acercaba hacia mí. Lentamente, con tranquilidad pero paso seguro sin apartar su mirada de la mía. Cuando estuvo a mi alcance la cogí del brazo, me la tiré encima y la besé sin contemplación alguna. No sé a qué estaba jugando pero me agradaba, no quería que la noche terminase por nada del mundo. Después de besarla la solté y le ofrecí un pitillo para entrar en calor. Lo rechazó y me dijo que mientras estuviese fumando no la besase. El sabor a tabaco en la boca le daba asco. Cogí mi cigarrillo y lo tiré al suelo, un desperdicio pero peores cosas se han hecho por amor ¿no? Una vez roto el poco hielo que quedaba empezamos a hablar:

-¿Por qué una chica como tú acaba en un lugar como este?-. Le pregunté.
-Por hombres como tú-. Me contestó. -Sí, los hombres como tú.- Siguió. -Venís en busca de distracción que os haga olvidar durante un rato lo miserable que es vuestra vida y para conseguir eso estáis dispuestos a dejar todo el dinero que haga falta. Ahí entro Yo. Aunque sea joven este no es mi primer trabajo. Antes tenía un buen puesto en una gran empresa que se dedicaba a coger futuros talentos y formarlos para ser alguien pero me harté. Entre otras cosas me gusta el lujo y el dinero. La manera más fácil para conseguirlo es bailar con cuatro ropas para personas como tú. Sin ofender.
-Vaya, creo que nunca había conocido alguien tan honesto y claro con su profesión-. Le contesté.
-Sé lo que quiero y qué estoy dispuesta a hacer para conseguirlo-.
-Tienes toda la fuerza que yo he perdido durante los años-.
-¿El matrimonio te ha hecho esto?-. Preguntó con una sonrisita malévola.
-¿Cómo lo sab…?-.
-El anillo que llevas en el dedo es bastante delatador-.
-Chica lista. Estoy infelizmente casado.- Sonreí. -Llevo años siendo un miserable aunque mi suerte está empezando a cambiar-.
-Y ¿eso?-.
-Te he conocido a ti, ¿no?-.

La cara le cambió al escucharme hablar. Se puso a reír pero si te soy sincero no sé decirte si era una sonrisa cómplice o una carcajada de pena entrecortada.

-Bueno, es tarde y tengo que irme-. Me dijo
-¿Quieres que te acerque a algún lado?-.
-No, tranquilo. Vivo aquí cerca y creo que un paseo me irá bien. Me gusta caminar. Por cierto, ¿me das un cigarro para el camino a casa?-
-Pensaba que odiabas el tabaco-.
-No quiero olvidar a qué sabes.
-Claro-. Dije con tono firme -aquí tienes-. Con la esperanza de no demostrarle lo nervioso que me había puesto esa frase. No quería que se enterara de que con esas pocas palabras había hecho estremecerme de arriba a abajo.
-¿Nos vemos mañana?-. Preguntó con mirada pícara.
-Sí-. Contesté -Mañana y siempre-. Susurré mientras yo me metía en el coche y ella se alejaba dándome la espalda. Que culo tenía, madre mía.
Este maravilloso instante se rompió como el cristal más fino en el mismo instante en el que me di cuenta de que esa no era mi vida. De que mi vida me estaba esperando en casa, sin impacientarse porque sabía que antes o después volvería a ella. Conducí dando vueltas sinsentido hasta que me cansé y llegué a mi casa. Entré y ahí estaba mi mujer. Esta vez ni se había molestado en maquillar mínimamente los chupetones que tenía en el cuello. Estaba claro que me la estaba pegando, la cuestión era con cuantos a la vez. En el fondo no me importaba, ojalá alguno de esos imbéciles se la llevase lejos de mí. Estaba borracha como una cuba y cuando me vio entrar por la cocina, me tiró una copa de vino y se desmayó ahí en medio. La cogí en brazos y la llevé a la cama. No te equivoques, no era un acto de amor ni nada por el estilo. Soy un hombre muy limpio y no quiero mierda en la cocina, de ningún tipo.
Entre los ronquidos de cerda de mi mujer y los nervios que aún sentía por el rato pasado con Marie, no podía dormir.
Seguía dándole vueltas a todo lo que me dijo esa chica. Tenía razón en todo. Mi vida es miserable y no estoy haciendo nada para cambiar ese hecho. Estaba cansado de vivir bajo el yugo de mi mujer, no quería seguir siendo un cobarde. Quería volver a retomar las riendas de mi vida. Quería a Marie. Luchar por algo en vez de limitarme a ser un espectador de lo que se había convertido mi vida. Solo quedaba una cosa se interpusiese entre mi tan deseada vuelta a la vida y yo. En momentos desesperados hay que tomar medidas desesperadas o eso dicen. Esta vez estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario. Una vez asimilado esto, tomé una decisión. Iba a matar a mi mujer.

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