Massimo’s Files: “#twitterapia”

Esta vez los archivos de nuestro querido Massimo nos regalan una historia plagada de ironía caricaturizando el mundo de hoy en día. Unos periodistas enganchados a una nueva y potente droga y una reunión anónima para tratar de desintoxicarse.
No está permitido el uso de teléfonos móviles durante la lectura.

En una sala gris con sillas ocre y marrón, empapelada de carteles con una serigrafía representando smartphones y un círculo rojo con raya diagonal que indican su prohibición en esa sala gris con sillas de feo amarillo, entró un hombre orondo con barba de nerd y gafas de freak, cuya camiseta tenía estampada la efigie de Walter White/Heinsenberg: cara alargada, gafas y sombrero negros, perilla y seriedad. Saludó a cada uno de sus yonquis por el nombre:

–¡Hola a todos! Hola, Carlos. Hola, Dani. Hey, ¿qué tal, Cristian?

Los yonquis le saludaban con cordialidad. Eran personas con estudios superiores, algunos parados, otros trabajando (precariamente). Algunos sudando hielo, otros lava, los unos revolviéndose en la silla ocre en la que tenían anclado su culo.

–¿Cómo estás, Mari? Hola, Kevin.

Desde hacía unos meses, en las reuniones de Twittercólicos Anónimos solamente se presentaban periodistas. Financiadas por una administración pública que amenazaba con cerrar el grifo a la par que destinaba el mismo dinero cada X tiempo, estas reuniones eran una actividad experimental para el terapeuta nerd–freak amante de las social networks, licenciado en Ciencia Política, en Sociología y en Antropología, con máster en Psicología Comparada por la Complutense de Madrid y Ph.D. por la Cornell University. Un hombre virgen de cuarenta y tantos, amante de las series de televisión, escritor fracasado y guionista de sátiras de poca monta en cadenas locales cutres, intelectual a su pesar, con la sórdida pasión de ver a personas con una adicción extraña y demasiado contemporánea: personas con el mono estúpido de una red social pública cuyos mensajes no podían sobrepasar los ciento cuarenta caracteres. El terapeuta nerd–freak utilizaba esas reuniones como tapadera, ya que las grababa y después las transcribía en una segunda tesis sobre adicciones del siglo XXI.

–Bueno –dijo con la boca llena de kebab mientras se sentaba–, hoy tenemos que dar la bienvenida a un nuevo amigo. ¿Quieres presentarte?

Con mucha timidez, el nuevo presentóse: –Hola, me llamo Joan y soy twittercólico.

–¡Hola, Joan! –contestaron al unísono sus colegas de yonquerío posmoderno.

–Bienvenido, Joan –apuntó el terapeuta. –¿Te gustaría decirnos por qué estás aquí con nosotros?

–Bueno…, pues la verdad porque… es que mi mujer me obliga, ¿sabéis? Hace cuatro años que estamos casados. Tenemos un bebé, Carlota. Es muy guapa. Mi mujer está preocupada, dice que estoy enganchado a mi iPhone, y que escribo un montón de cosas en Twitter…

–Mi marido también me dice eso, el muy boludo –soltó Dani, una maruja argentina cuyo verdadero nombre era Danielle Sborra. Una carcajada acompañó dicho comentario patagónico.

–El caso es que –siguió Joan– mi mujer está muy preocupada, por esta razón y no otra estoy aquí. Y creo que tiene razón, valga la redundancia. Desde que en El Periódico de Catalunya hicieron ese ERE tan hijoputa que nos echó a un centenar a la calle que no sabía qué hacer. Comencé a merodear por casa, mientras ella pasaba los últimos meses de embarazo. Abrí un blog, That’s our (lovely) life punto blogspot punto com. Según mi padre era una cursilada, pero yo, enamorado como pocos de mi mujer, posteaba sus quehaceres como embarazada primeriza. Le acompañaba a todas partes y le escribía cosas que posteaba en el blog, le hacía fotos a su barrigón, me compré una cámara nueva de esas Nikkon para poder hacer fotos cada vez mejores, y al final parió e hice fotos del nacimiento de nuestra Carlota que, como os podéis imaginar, posteé. Me convertí en una especie de gran hermano de mi mujer y de mi hija ¡porque tenía que escribir algo!

–Interesante –balbuceó el terapeuta, aún con comida pakistaní en la boca.

–Joder, macho, qué putada –roncó Carlos, otro periodista (como todos los que estaban ahí), este de treinta y pocos, hipster y redactor en jefe de la sección cultural de un magazine underground virtual con sede en un piso de diez metros cuadrados de calle Tallers.

–Al final mi mujer se cansó de That’s our (lovely) life punto blogspot punto com y pidió, prácticamente ordenó, que lo cerrara, con el consiguiente aplauso de mi padre, que por si no os lo he dicho vive con nosotros y es una especie de Pepito Grillo de sesenta con cáncer de próstata. Cerré el blog y busqué trabajo. Me apunté a clases de inglés, logré el Proficiency. Después de francés, logrando el DELF. Finalmente  de portugués, que en estos momentos sigo estudiando. Como os podéis imaginar, hay demasiada oferta de periodistas para tan poca demanda. Desde mis tiempos en la uni, con unos amigos escribo en un blog periodístico que visitan unas tres personas por mes, mientras que el blog en el que metía cosas de mi mujer podía llegar a los diez mil visitantes por post nuevo… Mi vida comenzó a cambiar cuando me bajé la aplicación de Twitter para iPhone…

–Y eso te cambió –dijo el terapeuta.

–Eso es lo que nos cambia a todos, chaval –hincó Cristian, el decano del grupo, un periodista jubilado muy dado a las tertulias radiofónicas, crítico de cine odiado por espectadores y realizadores.

–Sí, me cambió la vida. Como Joan Pérez no me leía nadie, pero como @joanperezlopez empecé teniendo dos followers para pasar a cien y finalmente a mil, y a diez mil. Escribía cosas de todo un poco… Que si del Barça, que si de política, que si de cultura, de cine, de tele, de mi vida, de chistes… De un tweet cada día, a un tweet cada hora, hasta que incluía un tweet cada cinco minutos. Por las noches no podía dormir. Me quedaba enganchado al iPhone, bañado en su luz líquida, flipando con la modernidad obligada diseñada por Steve Jobs… Hasta que un día el puto iPhone, que tiene menos garantía que un Windows 95 necesitado de actualizaciones diarias, se apagó y me puso muy nervioso. Lo conecté para que se llenara la batería pero no se encendía. Caminé por toda la casa, desnudo, mientras mi padre me decía desde el sofá, entubado, que me había vuelto loco, y mi mujer estaba en el trabajo (porque la hipoteca la paga ella) mientras Carlota jugaba en su cuna. Comencé a sudar, angustiado… Me vestí, fui a la Apple Store de paseo de  Gracia y pedí, casi ordené, que me arreglaran el iPhone. Cuando me dijeron que tendría que esperar una semana, pegué al dependiente, un adolescente maricón sabelotodo con aro en la nariz, y destrocé toda la planta baja de la Apple Store…

–Ah, hostias, ¿fuiste tú? –preguntó entusiasmado Carlos. –Eres trending topic, tío…

–Sí, lo soy… Fui al calabozo. Pagué la fianza. Pagué los desperfectos, me arreglaron el iPhone y mi mujer me pidió, prácticamente ordenó, que viniera aquí.

El terapeuta freak–nerd sonrió: –Gracias por tu aportación, Joan. Carlos, ¿quieres explicarnos cómo te ha ido el día?

23.30h. Debo confesar que los adictos a las social networks son un espécimen nuevo en el mundo de los drogadictos. Su adicción no es ninguna sustancia, sino que proviene de una obsesión por el reconocimiento continuo. Y son los periodistas los miembros de la tribu urbana de los Twittercólicos. Son endogámicos, nepotistas, en su mayoría adultos jóvenes ambiciosos con muchas inseguridades, la mayoría de ellos endeudados por culpa de los créditos que pidieron para costear sus estudios, pues muchos de ellos provienen de las clases medias bajas de la sociedad; también han pedido, la mayoría de estos periodistas de nuevos hornos, hipotecas eternas. Son infantiloides y están llenos de paradojas, no saben ahorrar bien y se quejan continuamente. De los pacientes, los más fuertes son el paciente 4 y la paciente 2, pues son mayores de cincuenta. Los menores de cincuenta no están acostumbrados a la escasez, pues su segunda adolescencia y primera etapa adulta la vivieron sin problemas de dinero (proveniente de los créditos). Twitter se convierte, por tanto, en su escape de la rutina, en un lugar virtual público que hacen real y en el que conocen a todos sin conocer a nadie. Es la sublimación de la voluntad de influencia a terceros sin permitir ser influenciado. Twitter es su medio, su canal de expresión, su vida. Gracias a esta modernidad postmoderna y postcontemporánea, anárquica, sin guías y con valores occidentales que se mezclan con valores orientales y africanos y viceversa, como aquel programa de televisión, Twitter es un nuevo reality show orwelliano. Los #Twittercólicos son seres humanos inteligentes y capaces, conocen sus limitaciones y sus virtudes pero no consiguen destacar su pasión libidinosa a esta red social como un vicio. Son las 00.20h, acabo de escribir el siguiente tweet: @bumpy_johnson La #twitterapia sigue adelante. Hoy ha venido un nuevo paciente 😉 Veo los RT: lo han retuiteado cuatro de mis pacientes, entre ellos @joanperezlopez (paciente 7). Deberé pedir una nueva subvención para poder seguir mi estudio unos meses más.

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Informazioni su Churitza

Immersi nella cultura pop sin dal primo giorno di vita, Azione Culturale siamo noi.
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