Massimo’s Files: “Un gañán en el Piknic Electronik Barcelona 2012”

Quien me conoce sabe que lo modernillo no es santo de mi devoción. Churitza y Herring Wonder son dos primeras espadas de lo hipster –aunque con alguna característica ítalo-ibérica–, mientras que a mí se me considera una especie de gañán entre texano y leridano con pulcro acento neutral de Sarrià y delirios de grandeza. Ante esta descripción, ¡cuál fue mi sorpresa cuando ayer fui a un evento modernillo de primer nivel llamado Piknic Electronik!

http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/sorteos/playground-te-invita-a-piknic-electronik-barcelona

Sí, fue una paradoja. Pero tengo una excusa (al fin y al cabo tengo alguna gota de sangre hispana, ergo poseo una excusa en la punta de la lengua bien preparada para defenderme de cualquier nimiedad), y ésta es que un amigo mío francés quería ir a escuchar la música ultramegahiperaburrida (¡pero gratis!) que me esperaba en el Piknic ese. No podía decirle que no a mi amigo francés, que pisa Barcelona tres semanas al año –el resto se lo pasa entre los USA y Francia–, normalmente durante el verano ya tropical de la Ciudad Condal; además, siendo italiano considero que es muy importante que el anfitrión sea condescendiente con el invitado. Y así fue como me planté en el festival electrónico del 14 de Juillet en plena Montjuïc de Nit.

No salgo mucho de mi fortaleza, undécimo piso de una torre fea de Pedralbes, y no acostumbro a asomar la cabeza por lugares modernillos, aun teniendo amigos así. Dios Santo, qué gente más rara. ¿En serio ha cambiado tanto la moda? A ver, no es que me vista mal, sino muy normal comparado con lo que vi: peinados a lo alemán años 1930, ropa rota, pantalones cortos con pliegues, mocasines de diferentes colores, camisetas con tirantes que parecen trapos, tatuajes más raros que la cara de Tévez, pendientes por todas partes (supongo que las chicas los llevan también en el chumino, los chavales en el prepucio y los hermafroditas en ambos órganos, cual árbol de Navidad), cerveza en una mano y piti en la otra. Todos fumaban: era un festival al aire libre y todos fumaban –sí, soy un talibán antihumo, así que acostúmbrense a aguantar mis diatribas savonarolianas contra los fumadores–, y todos bebían. Supongo que por la música que vomitaba el DJ de turno, porque si eso era música que baje lo que supuestamente nos creó en seis días (y el séptimo se echó una siesta que aún duerme) y lo juzgue (con una plaga de ranas mutantes  comemodernillos, por pedir…). Me bebí mis dos cervezas de un golpe para poder aguantar la música; mi amigo fue más tranquilo, se las bebió lentamente, como degustándolas. Lentamente fue entrando gente, y más gente, y más gente, a cada cual más camdentowniano, muchas/os andróginas/os. Y en la pista, todos éramos los mismos zombies. Bailar música electro es zarandearse bajo el ritmo de motor de coche de años 1970 con ráfagas de centrifugadora de lavaplatos y algún destello de música clásica o diálogo ininteligible. George A. Romero se hubiese puesto las botas, ayer, porque las caras de las personas eran serias y concentradas. A las dos horas de aguantar eso y de mear las dos cervezas, decidí irme.

No fue raro. Lo siguiente a raro.

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