Tales of the Herring Wonder #4 -La puta más dulce del mundo- (3 de 4)

Que mejor que celebrar el post número 100 con la tercera parte de LA PUTA MAS DULCE DEL MUNDO? Pues eso, absolutamente nada mejor.
El encuentro entre el perdedor y la belleza mas bella del universo empieza aquí. Un consejo, poned el aire acondicionado a tope ya que el calor se hará insoportable.

Por cierto, si alguien consigue aguantar hasta el post 101 se llevará una bonita sorpresa. Stay tuned!

Una vez presentados nos quedamos a solas. Nunca había visto una chica tan guapa y empezaba a replantearme lo de venir a lugares como este solo de vez en cuando. Si me parase a pensar al tipo de mujeres que me había tirado por cuatro duros comparadas con la belleza extrema de esta chica me volvería loco. A pesar de ser una prostituta me trataba con mucha delicadeza, casi como si fuese algo más que una simple relación profesional. Me cogió de la mano y se tumbó en la cama conmigo.
–¿Qué quieres hacer?– me dijo.
–Trátame como si fuese la última persona en este planeta, hazme sentir que existo– le respondí.
Poco a poco se fue desnudando sin apartar su mirada de la mía, sin parpadear ni una sola vez. Acto seguido me pidió que me deshiciese de mis trapos a lo que acaté sin rechistar. Una vez desnudos empezamos a abrazarnos. La habitación se calentaba por momentos y los abrazos se convertían en roces cada vez más intensos. Tenía la imperiosa necesidad de besar esos labios carnosos que tenía al alcance de mis manos pero cada vez que lo intentaba mis esperanzas caían en un saco roto. No me sentía cómodo así que paré y me quedé mirándola.
–¿Qué te pasa? –
–¿Por qué no dejas que te bese?–
–No podemos besar a los clientes, es una ley del local–
–¿No puedes hacer una excepción?–
–Esa excepción de costará 50$ más, por adelantado–
–Está bien. Aquí tienes–
Después de esta incómoda pausa volvimos a lo nuestro, al fin y al cabo estaba pagando por un servicio y no tenía mucho tiempo que perder. Cuando estás con una puta que te gusta el tiempo vuela y esta me estaba volviendo loco. Pasado un buen rato de calentamiento mutuo me dispuse a metérsela ya que no podía aguantar más. Nunca en la vida había estado tan cachondo ni había tenido tantas ganas de tirarme a una tía. Cuando la cogí y la abrí de piernas me apartó. Estaba perplejo y no entendía que estaba pasando. ¿Acaso no era una profesional y estaba aquí perdiendo mi tiempo y mi dinero? Cuando realmente entendí que estaba haciendo no podía dar crédito. Me cogió, puso una almohada y dijo que me estirase. Empezó a besarme el cuello, mordisco tras mordisco iba bajando poco a poco. Tenía todo el pecho embadurnado con su preciosa saliva y la sensación de que podía correrme en cualquier momento me estaba invadiendo. Su lengua bajaba y baja hasta que solté con la poca fuerza que me quedaba en el cuerpo:
–No he pagado por una mamada–
–Lo sé, es un regalo. Lo creas o no, me gustas–
Oír eso me hizo perder el control definitivamente. Este iba a ser el mejor polvo de mi vida, no tenía ninguna duda. Su lengua llegó a su destino y se encontró con una polla más dura que el acero, palpitando, como si tuviese vida propria. Solo podía pensar en esos preciosos labios rodeando mi capullo. Juro por Dios que nunca me la habían comido así, hasta el día de hoy sigue siento el momento más placentero de mi vida. No sabía donde se había escondida esa chica toda mi vida pero por fin sentía que había encontrado lo que quería. No sabía que un ser humano pudiese sentir tanto placer sobretodo teniendo en cuenta los polvos que había tenido yo con infinitas furcias baratas. Después de una mamada a la que se le podría dedicar una maldita oda cogió mi polla como si no fuese a soltarla nunca y se la metió en su vagina.
–Así es como debe sentirse uno cuando está en casa– me dije a mí mismo.
Lo notaba todo como nunca. Ese agujero estaba estrecho y caliente, mi polla y yo estábamos disfrutando como nunca. Lo más gracioso de todo es que no parecía una puta y daba la sensación que estaba disfrutando ella también. Decidí darle un poco más de ritmo al asunto, así que la cogí y la puse boca abajo y empecé a rozar mi polla contra su culo. Por su respiración podía notar como estaba volviéndose loca como una perra y esta sensación me encantaba. Los polvos que había tenido hasta el momento eran rápidos y estériles. Podía haberme hecho una paja y hubiese sido exactamente lo mismo solo que era un vago asqueroso. Por primera vez sin embargo, la sensación de poder me estaba invadiendo. La relación estrictamente profesional/económica había desaparecido por completo. Ambos estábamos disfrutando con ese polvo y yo iba a dar lo mejor de mí. Después de llevarla a los límites humanos del estar cachonda, se la metí de golpe. Así, sin más. Otra vez dentro de ella podía sentir como los dos nos volvíamos locos. La tenía boca abajo así que la cogí por las muñecas. La tenía inmovilizada y le estaba gustando. Tengo que admitir que la mayoría de las cosas que hacia me las inventaba sobre la marcha pero siempre he sido de pensamientos ágiles. Tras un buen rato follando así, la giré boca arriba. Quería mirarla a los ojos mientras me la tiraba. Cuando la tuve entre mis brazos, de piernas abiertas y a punto de metérsela, me miró fijamente a los ojos y me escupió en la cara. Una sensación difícil de explicar invadió todo mi ser. No podía estar más excitado y ese escupitajo me abrió un nuevo mundo. Instintivamente le devolví el escupitajo a lo que ella gimió como una perra y se metió mi polla hasta lo más hondo de su ser. Si alguien nos estuviese viendo no sabría distinguir si eso era violencia pura y dura, sexo descontrolado o amor sincero. Bajo mi punto de vista era todo eso a la vez y más. Estábamos en una montaña rusa de sentimientos. Pasábamos del sexo duro –agarrándola por el pelo, poniéndola a cuatro patas e inmovilizándola– al sexo más tierno –pasión desembocada, besos, caricias y roces de órdago–. No cabía en mi gozo y no estoy hecho de hierro. Quería correrme, iba a correrme. Lo único que me distraía de hacerlo eran las dudas que me surgían porque aún no había decidido donde iba a culminar el polvo de mi vida. Después de pasar por todas las posiciones posibles, de hacer cosas que ni siquiera me creía capaz y de hacer cosas que incluso a ella sorprendieron la giré y la puse boca abajo. Mientras me la follaba a una velocidad inhumana noté por sus gritos y sus movimientos como se corría encima de mi polla. Eso me puso todavía más cachondo y comprendí que ya era hora de correrme. Instantes después la saqué y me corrí en mi sitio preferido, encima de su culo. Tenía un culo perfecto y llevaba toda la noche fijándome en él, así que era el sitio más idóneo. La corrida fue algo colosal, nunca había visto nada así. No es que sea un experto pero diría que le impresionó incluso a ella, una supuesta profesional. La verdad es que se lo debía todo a ella. Nunca había conseguida disfrutar tanto. Me sentía vivo, ¡POR FIN! A pesar de haberme corrido y de que un intenso escalofrío había recorrido toda mi espina dorsal, seguía deseándola igual que antes. Había pagado por un par de horas y aún me quedaba algo de tiempo y te aseguro por lo más sagrado que no iba a desaprovecharlo. Oh no, ni de coña.

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