Tales of the Herring Wonder #4 -La puta más dulce del mundo- (1 de 4)

Lo último de Herring Wonder ya está aquí!! Con un título mas que sugerente empieza la enésima saga del chico de oro de Los de la Bici, el joven hipster vuelve al ataque. Perdedores, mecheros de los buenos y un burdel como ninguno.
A disfrutar, la vida son dos días.

Durante los últimos meses me pasaba las noches mirando a todas las putas que había en el bar. Algunas eran delgadas y estriadas, otras en cambio eran todo carne con unos muslos dos veces más grandes que yo. Todas dispuestas a cualquier cosa con tal de poder ganar lo suficiente para poder costearse un día más de su miserable existencia. Donde vivía yo era así, nada podía sorprenderme y empezaba a estar cansado de todo. Nunca había contemplado la opción del suicidio, aunque viendo el panorama esa idea podría haber cobrado cada vez más sentido en mi cabeza. Sin embargo, no era lo mío. Quería vivir. Bueno, vivir estaba viviendo así que más bien digamos que quería sentirme vivo. No tenía nada en mi vida. Amigos, novias, familia, etc. todas estos términos representaban una larga lista de palabras vacías y sin sentido para mí. Después de pedir mi tercer whisky con agua salí tambaleándome de aquel tugurio, no sin antes saldar mi cuenta y tirar al suelo todo lo que se encontraba en mi paso. Una vez fuera saqué el paquete de tabaco y saqué un cigarro reseco y arrugado. Un cigarrillo es un cigarrillo y en ese instante era lo que más deseaba en el mundo, estaba borracho y me daba absolutamente igual si estaba roto o no. Cigarrillo en boca, saqué el mechero del bolsillo. Era un mechero de los buenos, mi padre me lo había regalado cuando yo no era más que un pequeño criajo. Creo que ese fue el único gesto bonito que el viejo tuvo conmigo. Este va por ti, papá. Como de bien sabía el jodido. La borrachera iba pasando calada tras calada y con esto volvía la tristeza que se había ido con las primeras copas. No me apetecía seguir hundiéndome en litros de alcohol para intentar olvidar en lo triste y asquerosa que se había convertido mi vida así que decidí volver a casa a pie y tomar un poco el aire para ver si se me despejaban las ideas. Después de caminar durante un buen rato me crucé con un cartel: “Se busca un hombre”. Era el cartel publicitario de un burdel, supuestamente de uno bueno. El local en cuestión se encontraba en la zona alta de la ciudad. Eso solo significaba una cosa: sexo caro, pero del bueno. Nunca había ido a un local de putas de lujo y menos todavía había visto un burdel que se anunciase a sí mismo de esta manera, sin enseñar toda la carnaza de golpe y en la pared de cualquier calle de mala muerte. No se podía dudar de que era un local con un mínimo de clase.
Miré el monedero –Una noche es una noche– me dije.
Cuando me quise dar cuenta estaba pagando al taxista y bajando del coche. Ya había llegado. Me dirigí a la puerta, apagué el último cigarrillo que me quedaba y llamé al timbre sin tener la menor idea de lo que me estaba esperando detrás de esa puerta.

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