Tales of the Herring Wonder #3 -SPIT- (4 de 6)

Pasamos el ecuador de esta sucia hexalogìa con la cuarta entrega de la mano de Herring Wonder. En esta noche de drogas, cervezas y fiesta un encuentro entre neones y sudor va a hacer estallar el mundo. Una explosión de instintos básicos y alguna que otra sorpresa final.
Animaros a salir con Herring Wonder, no decepciona.

La noche prometía pasar a los anales de la historia. Como siempre mis viejos amigos y yo nos habíamos reunido para empezar la noche de la mejor de las maneras: cerveza sin límite y gin tonics a mansalva. Habíamos prometido pasar un rato divertido y tranquilo pero, como siempre, se nos fue de las manos y empezamos a tomar más copas de la cuenta. Bueno, ¿cuándo el beber pasa de ser normal a ser más de la cuenta? Parece evidente que para nosotros nunca. Después del debido calentamiento en casa salimos a la calle en dirección a nuestro lugar de los sábados preferido. ¿Estaría mi chica ahí? La verdad es que estaba convencido de que no ya que, a pesar de haber coincidido varias veces, habíamos entrado en una extraña dinámica que se resumía en que si yo estaba ella no y viceversa. Entre el alcohol y mis pensamientos llegamos a nuestro destino. Ahí estábamos, listos para cualquier cosa. Al entrar lo primero que hicimos fue tomarnos la copa de bienvenida de rigor. Es mala educación ir a un lugar y no pedir una copa, que lo sepas y si no lo haces eres un maldito maleducado. Ten un poco de respeto por las tradiciones, chico. Una vez tomado el último trago nos dispusimos a dar una vuelta para ver como se presentaba la noche. Parecíamos gatos en celo. Éramos objeto de deseo de todas las muchachas y nosotros nos dejábamos querer sin cerrarnos ninguna puerta y echando un vistazo a la carnaza que se nos ofrecía pero de entre todos mis amigos yo era el único con un objetivo real, concreto. Dimos todas las vueltas posibles y mi amada seguía sin aparecer. Maldito imbécil, ¿cómo va a aparecer si estás tú? las estadísticas no fallan, GILIPOLLAS! Pasadas unas horas acabamos donde se encuentran todos los que no saben que hacer y quieren pasar un buen rato sin demasiadas preocupaciones: la sala de las drogas. Entre todos los asistentes a mi futura gran noche recolectamos el suficiente dinero para darnos un chute de vida por la nariz. La cogimos y nos fuimos. Una vez fuera nos apartamos y nos dividimos lo que habíamos comprado sin tener ni puta idea de si la inversión nos sería útil. Resultó serlo a medias pero eso llegará más tarde. Volvimos dentro sintiéndonos los reyes del mundo, dispuestos a hacer lo que nos diese la gana y al primer listo que se nos interpusiese lo acabaríamos apaleando como a un cerdo. Dadas las vueltas de rigor acabamos en el lugar correcto. La sala donde todo sucede, la sala donde vio nacer mi pequeño imaginario affair amoroso, la sala donde por gracia divina estaba ella. Sí, lo has leído bien. Ahí estaba ella, guapa como siempre y con ese aire de distinción que la diferenciaba de el resto de furcias que pueblan el mundo. Esta vez no volvería a cometer los mismos errores, me quedaría tranquilo en mi sitio y esperaría la oportunidad perfecta para llamar su atención. Llegados a este punto surge un pequeño problema: no eres dios, no controlas una mierda de lo que ocurre a tu alrededor y menos en el estado en el que te encuentras. Resulta que entre yo, que jugaba a estar tranquilo y a no perder la calma, y la chica que me había robado un trozo de mi cordura se encontraba una amiga mía. No me preguntes como ni por qué pero gracias a mi gran amiga –bendita seas, te debo una MUY grande– me encontré cara a cara con la chica de mis obsesiones. Pensándolo en frío supongo que mi amiga se hartó de mis lamentaciones y de mis pesadeces y decidió meterse de por medio para darme ese pequeño empujoncito que ni el alcohol había sabido darme. Sin mediar apenas palabra le cogí la cara con las dos manos y la besé. Sorprendentemente no se echó para atrás y me devolvió el beso. No me lo podía creer, después de tanto tiempo lo había conseguido. A partir de aquí todo se vuelve más y más borroso pero algún recuerdo lucido queda guardado en mi memoria. Entre nuestros primeros besos se notaba esa tensión sexual que nos había envuelto en los últimos encuentros. Los besos no eran tiernos o vacíos, eran besos violentos, apasionados y con rabia. La cogía con todas mis fuerzas y la iba moviendo de arriba a abajo por toda la sala. La empujaba contra las ventas y contra las columnas, sin darle un solo segundo de respiro para que no pudiese replantearse lo que había decidido empezar. No daba crédito a lo que estaba pasando. ¿De verdad podía tener tanta suerte?, ¿de verdad? Esto era increíble. Cuando pensaba que la cosa no podía mejorar en un momento de pausa para recuperar fuerzas se me acercó y me susurró al oído unas dulces palabras: “Quiero que nos besemos en todas las salas del local”. Madre mía, menudo cabrón con suerte. No solo aceptaba el hecho de estar conmigo sino que incluso se estaba divirtiendo y quería más. Fuimos sala por sala, apartando a cualquier desgraciado que se nos cruzase por el camino. Nadie nos podía hacer sombra, éramos dos líderes destinados a acabar haciendo lo que mejor se nos daba a los dos, follar.
Ya os he dicho que ella no era una cualquiera y por lo tanto no iba a ofrecerle a un –semi–completo desconocido que la acompañase hasta su casa. Dejó caer alguna frase, seguramente ingeniosa a la par que sugerente y fui yo quien pidió poder llevarla hasta a su piso. Salimos del local, la metí en un taxi y nos dirigimos a su casa. Iba a ser una de las mejores noches de mi vida. Después de tanto tiempo iba a poder demostrarle todo lo que había querido. No iba a poder escaparse de esta y una vez hubiese comprobado de lo que estaba hecho, estaba convencido de que querría repetir día sí día también durante el resto de su vida. Los dos estábamos dispuestos a darlo todo pero había un problema. Ya os he dicho que la inversión que mis amigos y yo hicimos esa noche nos salió bien a medias pues bien, llegado el momento de la verdad me encontré con un algo que no sabía como manejar. Tenía a la chica más atractiva del mundo y con las mejores dotes sexuales dispuesta a todo y una polla que no se levantaba ni a la de tres. Os lo vuelvo a repetir, la vida es genial. Una vez crees que lo tienes todo, que por fin vas a conseguir algo con lo que habías soñado mucho tiempo viene el señor destino o la señorita casualidad, lo que prefieras, y de un golpe te devuelve a la dura realidad y te destroza cualquier tipo de expectativa. Las drogas y el alcohol en exceso no son buenos para nada y menos para el sexo, creedme. A pesar de todo la noche no fue un fracaso. De alguna manera conectamos más allá del sexo e incluso dormimos abrazados cual pareja de hecho. La noche no salió como ninguno de los dos se esperaba pero parecía que el poco rato que habíamos pasado juntos hubiese creado una extraña sensación de complicidad entre los dos. Del odio y la tensión sexual que sentíamos mutuamente había nacido, Dios sabe como, una especia de cariño que los dos sentíamos el uno por el otro. Lo vuelvo a repetir, la noche no fue un desperdicio e incluso ahora viéndolo con perspectiva diría que hasta fue lo mejor que nos podía haber pasado. Sí, todo fue muy bonito pero una parte de mi estaba un poco decepcionada. No había estado a la talla de las expectativas y peor aún, no había recibido ni uno solo de esos famosos y tan deseados escupitajos. Mañana sería otro día, unas horas de sueño y al despertarnos una sesión de sexo non-stop para quitarnos la espinita de la noche anterior. Qué pena me doy por ser tan ingenuo de creer que las cosas mejorarían a la mañana siguiente porque te aseguro que no lo hicieron, Dios si no lo hicieron.

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