Massimo’s Files: “Stay out of my territory” (Analizando Breaking Bad). Parte 1

No soy un serieadicto, esa droga se la dejo a otros. Sin embargo, me entero de lo que está de moda y de lo que no: para ello me leo con atención el suplemento TV Manía que La Vanguardia da cada sábado, y el blog de Toni de la Torre. Me gusta la tele, y por tanto sé que hay cosas que hay que ver, aunque algunas las deje de lado por no tener mucho tiempo, y otras en cambio porque no tengo ganas. Hay una serie, en cambio, a la que vivo enganchado desde que la vi por primera vez hace ya un año, por recomendación de Churitza. Hablo de Breaking Bad, cuyo primer episodio se remonta al 20 de Enero de 2008. La cadena de pago americana AMC, madre de Mad Men, a la que también dedicaremos un artículo venidero, ha encontrado en la historia de Walter White un filón que vamos a recordar toda la vida.

El siglo XXI es, hasta ahora, un siglo prolífico en series de televisión brillantes, y Breaking Bad no es una excepción. Estoy enamorado de todo lo que rodea a esta apabullante, espectacular, única, impresionante, enorme, imperial serie. Desde el primer capítulo, desde que vi al canceroso químico Walter White en calzoncillos, cual desgracia humana que siempre ha sido, es y será, pistola en mano, camisa verde sudada, gafas de década 1970 y bigote ridículo tipo Ned Flanders, esperar un coche patrulla que jamás llegó. Walter White, los Salamanca

(Tuco, el Tío, los Gemelos), los White, los Schrader, Saul Goodman, Los Pollos Hermanos … son todos ellos parte de nuestro imaginario popular, son pop-art en estado puro: todo ello junto a los parajes desérticos, inertes, inquietantes, de Albuquerque, New Mexico, entre la poca civilización norteamericana (civilización que se cree civilizada) y la también poca civilización mexicana (que se diluye con su hermana del norte).

No puedo olvidar al mejor colega de aventuras que pueda tener el mejor antihéroe de la tele de hoy: Jesse Pinkman, un gamberro, vándalo, que resulta tener mejor corazón que su mentor. Vivir las peripecias de Walter y Jesse no tiene precio, sobre todo si se les escucha en inglés.

Las series crean cultura popular pues son, valga la redundancia, cultura popular. En Breaking Bad vemos cómo la mala suerte material y moral convierten a un hombre bueno, a un hombre estupendo, de ética intachable, en un ser poderoso al que le gusta portarse mal. La mala suerte es la verdadera antagonista, pues sin ella, junto al tedio –hijo de la rutina de desgracias– que envolvía al químico antes de su paulatina transformación, no se puede entender que Walter quiera y desee portarse mal (de ahí el título). La droga es un medio para portarse mal, el fruto maldito y prohibido. Walter es un hombre con una capacidad intelectual fuera de lo común que, en un país, los USA, en el que el mérito es motor para las oportunidades que te llevan a triunfar, ha vivido largos aburridos años en la más plena de las injusticias. Hasta que, junto al cáncer de pulmón y a que no podrá pagárselo si no encuentra un trabajo por el que cobre mucho más de los que tiene, decide romper moldes y dejar su ética de un lado. Hasta que el cáncer desaparece, y el Walter nuevo, una especie de señor Hyde (escondido) que siempre estuvo ahí latente, se queda para siempre. Son escenas ya míticas la de Heisenberg (el Hyde de White) lanzando un trozo de no–metanfetamina delante de las narices del loco narco Tuco Salamanca, o las miradas del Tío tetrapléjico Salamanca (¡grandioso Mark Margolis!, nacido en Filadelfia, Pennsylvania, en 1939), o la frialdad amable de Gustavo tanto cuando da un trozo de pollo frito como cuando degolla, o el histrionismo del abogado sin escrúpulos Goodman que pasa de un cliente a otro sin pestañear y que, al fin y al cabo, es el perfecto consigliere sin glamour –la falta de glamour es uno de los ingredientes que hacen Breaking Bad indispensable–.
Bryan Craston (San Fernando Valley, California, 1956) es, tal vez, el actor que mejor podía parodiar a Ned Flanders, transformándolo en un hombre que, ya como el calvo Heisenberg, se atreve con un grandullón advirtiéndole que se mantenga lejos de su territorio, o atropellando secamente a dos sicarios para luego dispararles a la cabeza para salvar a Jesse –un yonqui guapito que tiende a vestirse como un negro rapero en el cuerpo de Aaron Paul (Emmett, Idaho, 1979)–, o tirarse a su esposa por detrás cuando aún está embarazada.

To be continued.

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