Massimo’s Files: “Grupo 7” o corrupciòn en Sevilla.

Hacía tiempo que Churitza y Massimo no íbamos juntos a ver una película. Escribimos juntos en este blog de mala muerte, junto al artista loco Astro y a los esporádicos dimes y diretes que surgen de la torre de Harring, pero son pocas las veces que nos reunimos, cuales Hombres Tristes, en salas de cine (¿modernillas?) para deleitarnos con el séptimo arte. Esta vez, Churitza y un servidor decidimos ver Grupo 7, el último filme del sevillano Alberto Rodríguez (1971), autor de pelis dispares en taquilla y en arte como Siete vírgenes (2005) o After (2007).

Esta vez, Rodríguez (hombre también de tele, pues ha dirigido algunos capítulos de la serie de Antena 3 Hispania, que se emite desde 2010) recrea la historia de una brigada especial de narcotráfico que tenía que limpiar el centro de Sevilla de los parias dados a la droga, pues esa gran capital sureña estaba cambiando para poder ser escaparate mundial con la Exposición Universal de 1992, año en el que también otra capital hispana, Barcelona, cambiaba para siempre.

Grupo 7 es un thriller andaluz bien logrado, con escenas trepidantes y un montaje correcto, una caracterización histórica (años Ochenta del siglo pasado) estupenda –la foto, las ropas, las abuelas, los coches, las casas, los electrodomésticos, los yonquis, los gitanos, las pesetas, el fumar sempiterno de los bares, los mariquitas aún sin derechos, las putas queridas de toda la vida (bueno, eso no ha cambiado tanto)– y un elenco de actores muy bien hilvanado. Empezando por el malagueño Antonio de la Torre (1968, a quien recordamos como el payaso psicópata de Balada triste de trompeta), en las vestiduras de un duro policía nacional andaluz taciturno, pasando por el simpático Joaquín Núñez, el alto guapo rubico e hipocondríaco José Manuel Poga, la belleza de azahar Inma Cuesta (1980), y el terror de las histéricas adolescentes ibéricas Mario Casas, gallego de 1986. La mayoría de los actores son andaluces y hablan con su acento, mientras que otros no. El misterio nos entra cuando a veces Mario Casas parece un actor maduro de verdad, que habla más que balbucea, lejos de sus personajes que lo han llevado a la fama cinematográfica y televisiva (el rebelde sin causa a la carpetovetónica, el bonachón guapetón a la castiza, o una mezcla ibérica de ambas cosas) pero que en seguida vuelve a asomar su vertiente de actor de niñatas: a veces sigue sin poder hacerse entender –en el cine, más de una persona le preguntaba a su compañera/o en la butaca de al lado “¿Qué ha dicho?” o “¿Qué acaba de decir?”, y yo me encontraba entre los que preguntaban, mientras Churitza era de esos que o bien le entendían a la primera, o bien respondían “No sé…”–. De todas maneras y así las cosas, Casas no molesta en este film.

Y para acabar tomémonos un vinito con unas almendritas o unas aceitunitas, que ya somos amigos.

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