Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (Mortis quaerit auxilium)

Un accidente de borrachera derramará alguna que otra gota de sangre por la Taberna y los Hombres Tristes empapados en vomito y ron recibirán la visita de una misteriosa señora con los pechos al aire. Yo, de vosotros, no me lo perdería.

Una vez el estruendo del ventilador caído se apagó, la sangre que empañaba las ventanas y paredes de la taberna olían a ron añejo y la de la Esquina Vieja comenzó a decirnos que éramos unos boludos hijos de nuestras reputas madres que tienen la concha de arena porque nos han parido mal. Nos sacamos el ventilador de encima, y vimos que estábamos cortados y pringados, sucios y borrachos. Nadie había muerto. A Fino se le había saltado un ojo y para remendar el estropicio puso un aguacate en el agujero; Tele se había quedado sin parte de su brazo derecho y Moro tenía una serie de raspadas en la cara que parecían tatuajes de pigmeo. Al ruso le partieron por la mitad y a mí el ventilador me hizo una rasgadura en la barriga que se me veía todo lo dentro. Nadie, sin embargo, había muerto.

Comenzamos a beber más y más ron añejo y brindamos por nuestra recién adquirida inmortalidad, cantando canciones de tontos, y viendo a Manita y la Puta de la Esquina cuidando al Hijo. Entretanto, no nos dimos cuenta de que en la taberna, sentada al lado de una mesa cercana al cuchitril que el Dueño llamaba Water Close, estaba una señora mulata preciosa de ojos miel y cabello muy rizado, con los senos al aire y una falda de flores, descalza.

Creo que me di cuenta de su presencia un rato después de haber entrado en la resaca y, creyendo que podría ligármela como hice hacía unos días con la luz loca, me acerqué a ella. Hola, preciosa, me llamo […] y creo (hipo) que es una (hipo) preciosidad. Al ver que no me respondía, y que seguía mirando la mesa cubierta de resina, con una mirada triste de soledad, me acerqué más a ella, y quise tocarla, cuando me espetó: ¡No! ¡No puedes tocarme! Si me tocas… mueres. Al oír aquello, vomité encima del suelo y después recibí un lapo en la cara, pues el Dueño acababa de desaprobar aquella vomitada. Me sequé las babas y miré sus ojos miel: ¿Por qué dice eso, señorita? Porque soy la muerte, vengo a buscar al ruso ese, pero estoy cansada de tanto trabajar, no tengo vacaciones ni un momento de reposo, estoy muy triste desde hace unos pocos años, cuando de repente mi ficha laboral se acrecentó en casi cien millones de muertes. No sabe usted lo difícil que es ser eterna, sin espacio ni tiempo, y estar todos los momentos de mi existencia etérea llevándome a la gente de acá para ahí, sin saber ni yo adónde los llevo. Vivir en un interrogante perenne es una ignominia, y no se lo deseo a cualquiera, créame.

Sus palabras eran tan humanas que todos los demás Hombres Tristes se acercaron a ella, escuchando su relato. Ser muerte no es cosa de un solo día o una sola noche. A veces tengo que estar en más de mil sitios a la vez, y a veces tengo que llevarme hordas de personas allá adonde me lo manda mi responsabilidad, por es mi ética profesional lo que me tiene encerrada en este oficio de muerte. No paro de trabajar, no recuerdo el inicio de este trabajo que me aliena y me dispersa porque como he dicho soy eterna e inmortal, dones que no sé si quiero porque no sé si sé algo en absoluto. Siempre he vivido en un momento sin pasado, presente y futuro y a veces algunas personas se me han escapado y se han aparecido a sus seres queridos, otras simplemente no han recibido la entrada para ingresar allá donde las llevo. Soy ciega y puedo ver porque miro y soy sorda y puedo oír porque escucho, mi vida es algo tan absurdo que me hace llorar, y cuando mi moral de muerte me avisó de que tenía que venir aquí porque una riña de idiotas había hecho caer un ventilador destrozándolos hasta la muerte me quedé pensativa aquí, sin saber qué hacer, cansada de ser muerte y dejar un rato que la vida siguiese. Por cortesía, camarero, ¿podría ponerme una copa? Sólo tenemos ron, señorita, gruñó el Dueño (¡la primera vez que le oí una frase larga!), quien le dio la botella de ron añejo más antigua de la taberna, y la muerte se la bebió de un trago.

Volvió a mirarnos, uno a uno, escalofríos y miedo, y cayó baldada sobre la mesa, roncando y musitando ayuda.

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