Tales of the Herring Wonder #1 -Vestigios de una noche-

Las sorpresas son muy bonitas y, si la sorpresa en sí, es una nueva y espectacular sección en nuestro pequeño gran blog, pues es algo precioso. “Tales of the Herring Wonder” os regalará los cuentos de un jovenzuelo italiano afincado en Barcelona. Un hipster en toda regla, uno de esos al que solo le falta el bigote; bebe literatura y come música, toma comics y se regala sesiones de tremendo conciertismo moderno.
Mezcla de Jonathan Ames, Charles Bukowski y Micah P. Hinson. Que más os puedo decir!? Aún estáis esperando a que abra la puerta? Adelante!

Conocí conocí a Sal en una de las peores épocas de mi vida cuando no tenía ni casa, ni mujer ni dinero. El lugar donde nos conocimos era el peor tugurio de nuestra ciudad, el típico bar donde se encuentra todo lo que un hombre de hoy en día necesita para pasar el rato y olvidarse de lo miserable que es: drogas, putas, alcohol y una máquina de tabaco. Trabajamos ambos detrás de la barra aunque al ser yo el que llevaba menos tiempo en el bar era a mi a quien le tocaba encargarse de los lavabos. A los dos meses de empezar a trabajar, él decidió marcharse y rehacer su vida. Encontró un trabajo mejor pagado y con más reputación mientras que yo decidí seguir en el bar simplemente porque no tenía nada mejor. Mi vida apestaba, todo lo que intentaba hacer para salir de mi mísera existencia, que cada vez se parecía más a un agujero negro, era inútil. Llegué a conocer a alguna chica pero no se parecían en nada a mi ex mujer. Todas me parecían estúpidas, vacías, con las cuales no conectaba en ningún aspecto, ni en el sexual. Después de una larga temporada trabajando sirviendo cocteles baratos y limpiando el vómito de la mitad de mis clientes decidí que era hora de centrarme e intentar salir de la puta situación en la que me encontraba. Vivía en el piso de arriba del bar, así que al cerrar el local subí a casa. Lo primero que hice fue sentarme en mi escritorio con un vaso de whisky con soda en la mano. Era triste pero había llegado a tal punto que sin un vaso de whisky no podía concentrarme. No tenía ningún don especial de hecho nada se me daba especialmente bien, lo único que sabía hacer era beber hasta desmayarme y esperar a que llegase el día siguiente. En ese momento, tras el segundo vaso de mi elixir particular, me di cuenta de que tenía que llamar a Sal. Cada vez que salíamos juntos dejábamos atrás todos los problemas y no hace falta decir que cada noche se convertía en una fiesta que duraba hasta que nuestra mente se desconectaba por completo. Llamé a Sal y decidimos quedar para cenar y de paso reunir el grupo de viejos amigos del barrio. Sal invitó a todos a su casa aunque solo se presentaron William y Paul sin embargo con solo la presencia de los cuatro la noche se presentaba como algo memorable. Sal sacó las 4 docenas de cerveza que tenía compradas para la ocasión. Las cervezas se acabaron en seguida y tuvimos que recurrir al whisky de 25 años que tenía en el mueble bar pero ese era un día especial así que no íbamos a escatimar en gastos. Entre copa y copa viejos recuerdos salían a la luz, nos poníamos al día sobre nosotros y la gente en común que teníamos. Poco a poco el alcohol hacía su efecto y los problemas quedaban atrás, hasta desaparecer por completo. Eramos amigos, hermanos y nadie podía hacer nada para detenernos esa noche. Decidimos salir de casa y pasar la noche de bar en bar ya que los locales de moda de la zona nos tenían la entrada prohibida por culpa de algún altercado del pasado. Paul acuchilló a un hombre en el lavabo de una discoteca de niños pijos por un gramo de cocaína y yo, en cambio, me había metido en peleas de borrachos en cada maldito sitio de la ciudad, por lo tanto nuestra reputación estaba más que comprometida. En el segundo bar donde decidimos meternos, Sal y yo conocimos a Peggy, una furcia barata ex compañera de piso de Sal que cobraba poco por sus servicios y por lo que sabía no estaban nada mal. Yo no tenía mucho dinero, Sal no quería gastarse todo el sueldo en una puta y Paul y William estaban tirados por el suelo del bar. Para mi y para Sal no fue difícil decidir compartir por una noche, como buenos hermanos, a la buena de Peggy. Decidimos invitarla a un par de copas para que estuviese más cariñosa con nosotros y así la pudimos convencer que lo mejor que podíamos hacer era subir al piso encima del bar, que estaba disponible para este tipo de cosas, para acabar la velada. Una vez ahí, Peggy se puso a hacer lo que mejor se le daba, satisfacer a patéticos hombres desalmados que no valían nada. Entre el whisky y la coca no sabía muy bien donde estaba pero la verdad es que me importaba bien poco. Cuando más durase esta sensación más tardaría en volver a mi patética vida. De repente sentí un golpe fuerte en la cabeza y al segundo todo estaba negro, había perdido el conocimiento. Me desperté al cabo de unas horas aunque no sabría decir exactamente cuantas. Lo primero que vi al abrir los ojos fue el cadáver de Peggy con una bala entre ceja y ceja, tumbada en la cama. La habitación estaba patas arriba, alguien me había golpeado y se había cargado a Peggy y lo más importante de todo, no había ni rastro de Sal. No entendía nada, ¿Sal se había cargado a Peggy y había querido inculparme a mi? Me dolía la cabeza y no podía pensar con claridad. Por suerte donde yo vivo es un sitio que está acostumbrado a oír disparos, por lo tanto podía irme de esa habitación dejando el cadáver de Peggy sin levantar alguna sospecha. Sabía que la única persona que nos había visto a Sal y a mi con Peggy era el barman, así que bajé para ver si estaba y que me pudiese ayudar en sacar algo en claro de lo que había pasado esa noche. Cuando llegué al bar sentí una sensación extraña, no había nadie. Paul y William debieron de marcharse poco después de que Sal y yo subiésemos arriba con nuestra furcia pero el barman se suponía que tendría que haber estado en su sitio toda la noche. Mientras inspeccionaba poco a poco la zona tropecé con un vaso y caí al suelo. Había pequeñas manchas de sangre que se dirigían hacia detrás de la barra. Manchas cada vez más grandes que acabaron por convertirse en un rastro de sangre que me llevó directamente al cuerpo sin vida del barman. Le habían reventado los sesos. Esto cada vez pintaba peor. Dos cadáveres, ni rastro de mis amigos y ni la menor idea de donde me había metido. Estaba asustado y lo único que me venía a la cabeza eran flashes de la noche, pequeños flashes que me retumbaban en la cabeza como truenos. Por lo que a mi respecta podría hasta haber sido yo el causante de todas estas muertes. Cuando se me ocurrió esta idea sentí como mi cabeza estaba a punto de estallar. No podía ser, ¿acaso había perdido el juicio y había decidido cargarme a una puta y a la única persona que podía declarar que había estado con ella? Siguiendo esa lógica tendría que haber matado a Sal también y solo había encontrado dos cadáveres. En ese momento tuve otro flash, sentí como si una puta locomotora pasase por encima y me hiciese pedazos. Por un segundo vi el fiambre de Sal en la nevera de la cocina del bar. No podía ser, tenía que estar equivocado, era imposible que hubiese hecho todo eso solo por estar drogado, no tenía sentido. Llegue a la cocina, me puse enfrente de la nevera y la abrí. Todo mi ser se estremeció a ver tal carnicería, el cuerpo de mi mejor amigo despedazado y guardado en la nevera. Al ver esa horrible pesadilla me vino todo a la cabeza. Mientras Sal se follaba a Peggy y ella me la chupaba me giré un segundo para coger la pistola que Sal siempre llevaba encima y le metí una bala en la frente a Peggy sin pensarlo dos veces. Sal empezó a gritar como un loco, le pegué un tiro en el estómago y cayó sin más al suelo. Lo dejé desangrándose mientras bajaba al bar a ocuparme del barman. Me senté en la barra y pedí una copa, cuando había dejado la copa en la barra le metí la pipa en la boca, apreté el gatillo y pum, adiós barman. Así de fácil y así de limpio. Me bebí mi copa de un trago y subí otra vez a la habitación para ver que tal estaba Sal. Supongo que no hace falta que os explique como me ocupé de él, sobran los detalles. Os dejo a vosotros creer si le hice sufrir o no, siempre es mejor dejar algo para la imaginación. En cuanto a mi, después de ver lo que había hecho lo tenía muy claro. Salí de la cocina y me senté en la barra, me serví una copa y me la bebí de un trago. Cogí la pistola de Sal, aún le quedaban balas. No existe escapatoria posible por mucho que una corra en dirección contraria.

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