Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (Hambre de perros y lobos)

Ha llovido mucho en la sierra. Muchisimo. La tormenta ha dejado muchas cosas patas arriba y nuestros Hombres Tristes, entre chavales polìglotas y doncellas desnudas, no van a dejar escapar su oportunidad de oro.

Cuando el tiempo de las lluvias dejó su rastro por toda la Sierra Maestra, la taberna y todo el pueblo se llenaron de bichos, animalillos que coloraban los contextos y que hacían de las mujeres del pueblo monstruos sin corazón que los querían fuera de sus chozas. En la taberna nosotros los Hombres Tristes no estábamos por la labor de ayudar a nuestras mujeres. Estábamos ensimismados en el Espíritu Santo, el nuevo colega del Rebaño, el Hijo que Manita recibió de Doña Lluvia. El Dueño, que hablaba mediante escupitajos, fue el que le dio el nombre de Espíritu Santo, pues tenía que ser el Triste más alegre de todos nosotros, el mejor ser humano del mundo, el eslabón próximo de la evolución humana. No sé aún si esas palabras del Dueño eran fruto de la borrachera o de que los escupos le mareaban el cerebro; lo cierto era que mientras pasaban los días y las semanas, los tiempos de lluvias y los tiempos de secano, los Hombres Tristes le fuimos dando forma a nuestro nuevo amiguito.

Cuando el nuevo tiempo de las interminables lluvias llegó a su fin, el Espíritu Santo era un nene alegre y saltarín que, como todos nosotros, llegado el anochecer, rezaba ante el altar que le montamos a Tele, muerto en extrañas circunstancias años atrás, cuando el Espíritu Santo debía de contar unos dos o tres años. El niño vestía ropa hecha por la Mamá Santa, que últimamente yacía sobre su lecho cual hipopótamo obeso en un pantano de malaria, comía los guisos del Dueño, cantaba nuestras canciones de locos borrachos, y aprendía lenguas gracias a la Puta de la Esquina Vieja, que conocía más de dieciséis idiomas distintos gracias a sus viajes de puterío. A veces el niño nos daba los buenos días en alemán, pasar a preguntarnos cómo nos iba el día en italiano, si habíamos comido bien en japonés, si nos gustaban sus acrobacias de travieso en guaraní, si estábamos enfadados con él en catalán, si queríamos que le contásemos un cuento en esperanto, dándonos las buenas tardes en ruso y las buenas noches en inglés. Al final no sabíamos si de todos los Hombres Tristes el Espíritu Santo era el más tonto de todos o si el más astuto, pues se hacía entender pero parecía más un filósofo brabucón que un nene que espanta gatos cuando pretende divertirse.

En medio de las enseñanzas de la de la Esquina y de nuestros rezos al altar hecho sobre el cadáver de Tele, llegó al pueblo una caravana de chicas. Nosotros los Hombres Tristes empezábamos a languidecer (el Moro sufría un cáncer de hígado que le había inflado parte de su abdomen, cual extraña criatura y Fino se había dejado barba desde la muerte en extrañas circunstancias de Tele, una barba larga muy larga y blanca como de asno de Merlín) y ya no se acercaba la furibunda ira de la Mamá Santa con su mazo. El chillar de las chicas era ensordecedor, como de gallinas y pavas y patos, pero en mujer humana. Era tal el jolgorio de las niñas, que Manita, el Moro y Fino y yo salimos a ver qué carajo pasaba: una caravana de unas doce o trece nenas de distintos colores, todas desnudas cuales Venus acabadas de ser arrancadas de los brazos sedientos de sexo de Júpiter, acababa de abandonarlas en nuestro pueblo, y no entendíamos porqué, pues eran felices y alegres, no paraban de jugar, de reír, de hacer bromas entre ellas, ¡hasta se daban besitos! Todos los hombres de la aldea, incluidos los Hombres Tristes, fuimos a juguetear con ellas. Nos hicieron caricias, nos hacían cosquillas, nos hacían de todo con nuestros cuerpos. Pasamos del ron añejo a la piel de hembra joven loca de amor. Y estábamos encantados. Incluso alguna que otra mujer se apuntó a esa orgía de felicidad nihilista.

La realidad era que aquellas niñas eran de veras ángeles enviados por algún dios bromista para asaltar las mentes de todo aquél que quisiera estar con ellas. Eran una distracción barata (la cara hubiese sido aquella que hubiera asaltado las mentes de todos), pues no todas las personas de la aldea cayeron en manos de las niñas felices. Casi todas las mujeres, menos dos o tres, y algún que otro hombre, además de todos los menores de trece años, jamás se acercaron a la bacanal de las doncellas desnudas. De hecho, tanto la Puta, como la Mamá Santa como el Espíritu Santo siguieron con sus vidas mientras todos los demás Hombres Tristes salimos de la novela de sus vidas. Más de una vez intentaron ayudarnos, queriendo sacarnos de ahí, pero nosotros o bien estábamos demasiado ensimismados en las tetas, culitos y conas de las niñas bonitas o bien ni nos dábamos cuenta de que la resistencia nos quería devolver a nuestro oasis de tedio impenitente. Su resistencia no pudo hacer nada ante el alud de lobos y perros que se abalanzó sobre el pueblo, animales que, sin tener que vestirse ni empuñar armas, se hicieron con toda la aldea, encerrando a los resistentes en la taberna, creyendo que jamás saldrían de ahí.

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