Massimo’s Files: “Momentos de Taberna” (La luz loca)

La taberna abre, de nuevo, sus puertas. La segunda de muchas historias de este carismàtico antro se ofrece al lector como una historia de desamor, resaca y luces de otro mundo. Dejaros llevar y entrad a pedir algo.

La noche en que la Mamá Santa se fue a ver a su señora abuela fue una de las noches más felices de mi vida. La tirana dictadora que durante doce años me mataba a banano frito por las mañanas, tardes y noches, se había ido para pasar más allá de la selva unos siete días con su señora abuela, y dejóme solo en la taberna. ¡Qué suerte! Lo necesitaba y lo anhelaba. De hecho, aquella noche de locos bebí hasta que el corazón quiso irse de mi cuerpo. La Puta de la Esquina me invitó a pipa de opio, algo que solo podía hacer Manita, un ex soldado de la revolución, y Tele y Fino, sin saberlo, se dieron por culo en el cuarto de los licores y cuando se dieron cuenta de que lo habían hecho, porque su resaca duró dos noches, todo el pueblo ya conocía de su lío. Los pobres Hombres Tristes no salieron de la taberna durante seis meses, y cuando salieron por fin parecían dos viejos. El alcohol les había matado el tiempo, aunque ese es otro momento de taberna.

Durante la noche loca, con la taberna abarrotada y el Dueño vomitando sobre el porche, la Puta de la Esquina dándose el lote con Manita el ex soldado, y todos los demás bebiendo de forma hiperbólica, vi la luz. Una luz loca, de pasión roja, algo único. Perdí el norte, si es que alguna vez lo tuve, y me abalancé a ella. Una luz inconmensurable, de embauque inmediato. Me abrazó, olía a ron como yo. Era una luz loca de esas que me vuelven tonto, con ojos de miel y cabello rojo como la sangre, pechos alucinantes y caderas interminables. Oh sí, muchachas y muchachos, me besó y creo que fueron los minutos más largos de mi vida.

A la mañana siguiente se había ido. La busqué por toda la taberna, fui casa por casa, llamándola por su nombre, esperando que de alguna ventana surgiera la luz loca que desprendía. No, la había perdido. Abatido, volví a la taberna, y lo conté a mis colegas de taberna y al Dueño. Tele y Fino no hablaban, simplemente bebían, sumidos en su suma vergüenza y patetismo por saber qué hicieron poco antes, mientras que Manita y la de la Esquina, más el Moro, me escuchaban tranquilamente con su resaca. Sí, estuviste con ella, afirmó el Moro, un muchacho moreno forzudo y bajito, guapito de cara, un poco cascarrabias a veces pero buen chavo casi siempre. Sí, recuerdo que era algo único, no me podía creer que tú podrías llegar a besar a una tipa como ella. Pasar de la Mamá Santa a esa luz loca es algo raro, y más en un gordinflón triste como tú. Manita le reprendió aquellas palabras y la Puta le pegó una cachetada en la nuca, pero sus palabras eran ciertas. Busqué consejo en el Dueño, pero el hombre escupió en la pared y nada más. Miré mi vaso y me lo bebí, y al momento volvía a beber otro.

Pasaron los días, y volvió la Mamá Santa, tan grandullona como cuando se fue. Como siempre, entró en la taberna y al ver al Rebaño de los Hombres Tristes suspirar ante sus vasos me agarró por la oreja y me llevó a casa, adonde me sentó para darme de comer banano frito. Te irá bien para el corazón, no quiero que me vuelvas a dar el susto de las anginas de pecho.

Me comí el banano frito mientras me contaba sus anécdotas, al menos me distrajo un poco mientras mis entrañas ya sentían de menos al ron. Iba sacando cosas de la maleta y las iba poniendo en su legítimo puesto de la casa, y contaba que su señora abuela estaba bien, que estaba muy vieja y anciana y que rezaba dos rosarios antes de comer y cuatro antes de cenar, para espantar a los malos espíritus con forma de coral. Me contó que su señora abuela era una señora que ya no aguataba el pis y que entre todas las demás abuelas de su comarca la ayudaban a llevar las cosas de la casa, e iba sacando nuevas cosas de su maleta hecha de parches de cuero: dulces, y bananos de la costa, algún coco y licores, dos botellas de ron destilado en barcos y unas cuantas fotos que fue enseñándome. Ni qué decir que tuve una nueva angina de pecho cuando vi que en una de ellas, la más antigua de todas por ser la más sepia y manchada de años, estaban aquellos ojos miel y aquellos labios de nenúfar y ese cabello de sangre. Jamás un banano frito me había sentado tan mal.

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