Massimo’s Files: “Cuento con canción de la hermana rubia del mapuche”

Cuando la canícula de enero bañaba las pampas de la Argentina de principios de siglo XX, comenzó a circular el rumor de que la hermana rubia de un indio mapuche acababa de quedar preñada por un ángel.

Dícese por aquellos lugares que la única mujer que podía quedarse embarazada sin dejar de ser virgen era la Madre Dios, y ésta había muerto años ha, hace casi un milenio, después de haber llorado la Pasión de su hijo único. Sin embargo, todos los indios mapuche llegaron a la misma conclusión: ellos, los indios mapuche, eran bajitos, morenos, de cabello negro, como de alquitrán, hijos del Sol. Jamás se había dado el caso de una mapuche rubia, como si fuese hija de la Luna.
Así que su superstición pudo más que su razón y por fin decidieron que la india rubia y bella como las flores aún mojadas por el primer rocío de la primavera fuese desterrada en las épicas arenas hermas de la pampa más árida. Una noche, mientras dormía junto a su hermano, tan indio trigueño como sus coetáneos, un grupo de mujeres chillonas y de tetas colgantes de tanto alimentar con su leche a sus criaturas se abalanzó hacia la pobre niña: le taparon la boca con un pañuelo bañado en cloroformo y se la llevaron, dejando que sus muchachos pegaran al hermano, quedándose éste tumbado en el suelo de su choza.
El hermano tardó once horas en despertar de sus pesadillas, que eran realidad, pues cuando despertó por fin se dio cuenta de que la rubia mapuche de oronda figura había desaparecido. Salió como un tropel y trotó por el campamento, pidiendo explicaciones, pero sus supersticiosos y primitivos compatriotas le engañaron: Jamás tuviste una hermana rubia, ¡sós un loco!
Durante semanas, el chaval clamó por su hermana. ¿Cómo le habían podido hacer algo así? Como si se tratase de un mal espíritu, nadie quería tratar ese tema, ni un alma, por muy caritativa que fuere, se paraba a pensar cuán torturadores podían llegar a ser los seres instintivos y amargados, castigados por un capricho del hado. Ante esta nueva situación en que el hermano de la india rubia era tratado como un tonto, el loco del pueblo, pagado menos por su patrón y pegado más por el mismo, empezó a amar el zumo de cebada que preparaban en secreto las abuelas plañideras. Cada noche, en la taberna más deteriorada de la pampa, un indio loco lloraba la desaparición de su hermana rubia, de la que decía que era un ángel:

El sol te baña los labios
con rocío de claveles, amiga,
y dientes como rubíes y oros,
¡no te vayas,  perla mía!

Sonríe entre rosas blancas
de amaneceres con misterio,
durmiente doncella
que enciendes la luz de los sueños.
Hermana nuestra que nos amas,
que nos sigues y nos honras,
nos tragas y adornas
siempre sonriente. Joya.

A golpes nos queremos,
hermana pequeña mía,
aun siempre nosotros vemos
cómo nos tenemos compañía
en sorpresa de todo aquello
que (estúpido) nos subestima.
Familia, hermana, sol de mi vida,
escucha, ¿oyes?, mis canciones
que te piden a plegarias:
¡por favor, no me abandones!

Perdón, lo siento,
te pido hermana,
¿aún estoy a tiempo?
¿Aún te atormento
con mis iras y mi rabia?
Tu sonrisa bañada en rocío
¡dice que me perdona,
que está lejos de todo hastío!

Gracias hermana rubia,
amiga bañada en sol de flores
y nubes de agua marina.

Estas rimas y estrofas comenzaron a circular por los demás campamentos de indios mapuche de la pampa argentina y pronto llegaron a la capital porteña, donde se publicaron en un semanario literario. No tardó el momento en que un charlatán con ínfulas de literato se adueñara de ellas y las copiara en sus Obras Completas, siendo reconocido por todo el mundo. Mientras tanto, la historia parecida a cuento de aquél indio mapuche que lloraba por su hermana angelical llegó a oídos de los europeos, que hilaron historias acerca de este nuevo cuentecito antropológico de indios locos con hermanas rubias. Y en medio de la imaginería del planeta, en los pastos de la Argentina seguía el indio mapuche, quien escuchó que su canción pasó a ganar un premio muy importante. Nadie se lo creía. Pero su hermana rubia era verdad, se seguía diciendo a sí mismo. Así que decidió abandonar a su patrón y a su familia, y caminar por la inmensidad de la pampa acompañado de una cantimplora.
¿Cuántos años estuvo andando solo por la pampa, aquél indio? Nadie lo sabe con exactitud, algunos aseguran que solo dos, otros que veinte, y unos exaltados borrachos afirmaron que era un fantasma de indio, no un indio verdadero. El mapuche comía la hierba de los pastos y bebía de los arroyos, era un hombre libre que sentía ya como un animal, su búsqueda se había perdido por los derroteros de su locura. Los caballos salvajes le daban cobijo entre ellos. Los lobos le ayudaban a cazar. Su barba tocó el suelo, y todo su pelo se volvió blanco. Finalmente, perdió la vista, de lo viejo que era. Y decidió morir como sus ancestros decidían morir: solos ante la inmensidad de la Tierra, sentados mirando el horizonte y esperando que alguien se lo llevara. En su caso, intuyendo el horizonte, porque como hemos escrito hace unas líneas, nuestro indio perdió la vista, quedóse ciego. Tan ciego y tan loco estaba que en medio de sus horas interminables esperando la Muerte, un aire cálido y armonioso le acarició el cuerpo, y un aliento de dragón le agarró por la cintura, levantándole hacia el cielo. De repente, entre las nubes, volvieron a cantar, esta vez juntos, acompañados por los rugidos del dragón, aquella canción olvidada en libros de poemas robados:

Gracias hermana rubia,
amiga bañada en sol de flores
y nubes de agua marina.

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